Por Germán Ayala Osorio
Las pasiones que mueve el fútbol en
Colombia llevaron a cientos de colombianos, un 5 de septiembre de 1993, a retroceder
en sus procesos evolutivos con el 5 a 0 que once “guerreros o héroes sin capa”
le propinaron a la Selección Argentina en el Monumental de Núñez. Un abultado, histórico y moral triunfo-
una gesta, dijo la prensa deportiva- que no entregó título alguno. Bueno, sí,
uno, a la “peor celebración”.
Ese comportamiento anómalo e
incivilizado se repitió con matices en la final de la Copa América que perdieron
con Argentina. Otro triunfo moral: quedaron subcampeones. Y hace pocas
horas, esas mismas pasiones, mezcladas de clasismo, racismo, aporofobia, arribismo,
arrogancia, patanería y supina ignorancia generaron un cisma en el colectivo de
hinchas del seleccionado nacional. Fruto de esa ruptura, la figura de James
Rodríguez fue quemada, incluida la “mona” de Panini y la costosa y oficial
camiseta 10. Quemaron al ídolo de papel y arde su imagen en esas oscuras cuevas
o trincheras llamadas redes sociales. De la reyerta discursiva participaron
funcionarios del gobierno, políticos, tuiteros y columnistas.
Pero, así como las derrotas, los
triunfos de la Selección, el comportamiento de la hinchada y la (de) formación política
de los jugadores dicen mucho de lo que somos como sociedad, las canciones
también aportan lo suyo. “Soñando con el abuelo” es un bambuco escrito
por Luis Javier Piedrahita Gaviria, más conocido como Fausto. Si miramos la
letra en perspectiva cultural, más bien parece una radiografía indeleble, una
especie de papiro del que se desprenderán eternos memoriales de agravio, o un enorme
espejo en el que cada cierto tiempo nos miramos para reconocer lo que verdaderamente
somos como individuos y sociedad.
En medio de lo que llaman los
medios polarización política y crispación ideológica, la iglesia católica a través
de la Conferencia Episcopal en reiteradas ocasiones llamó a “desescalar el
lenguaje, a respetar al otro”. A pocos días de la segunda vuelta presidencial,
los enviados de Dios en la Tierra vuelven a pedir que se detenga la pugnacidad
entre los candidatos presidenciales. Eso sí, se cuidan de advertir que un
proyecto político defiende la vida y que el otro hará de la muerte su glorioso
himno.
Sin duda alguna una encomiable
exhortación que se desvanece y pierde sentido cuando leemos y cantamos “de
la iglesia, suyo abuelo ya casi no queda nada, los curas que no son santos la
quieren manipulada”. El silencio cómplice de varios purpurados frente a
las inmorales prácticas pederastas y pedófilas de cientos de curas confirman la
infausta radiografía del autor del bambuco. Los periodistas de CasaMacondo que investigaron
a los degenerados sacerdotes son víctimas de persecuciones judiciales y
amenazas de muerte. “Aquí el mundo está al revés… Al ladrón tratan señor,
y al señor como un pirata…”.
La situación de la iglesia católica
y de otras congregaciones que insisten en la existencia y la imperiosa
necesidad de adorar a Dios nos recuerda la metáfora que Nietzsche le entregó al
mundo hace marras: “Dios ha muerto”. Siglos después, y muy lejos del
viejo continente, cientos de tuiteros confirman la muerte de un semidios
llamado James. << “James es un nombre masculino de origen hebreo que
significa "sostenido por Dios" o "Dios es misericordioso">>.
Los mismos hinchas que quemaron la
figurita aseguran que con un par de golazos y la clasificación a cuartos de
final en el Mundial será suficiente para que esa deidad llamada James resucite,
así sea igual de arrogante y grosero al que le negó una fotografía y el saludo
a Antonella Petro. Porque así somos. O quizás debamos preguntarnos como lo hizo
Yunis Turbay en su libro ¿Por qué somos así?, ¿Qué pasó en Colombia?
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