Por Germán Ayala Osorio
Abelardo de la Espriella, virtual
presidente electo, deberá salir de la caja o urna desde la que hizo campaña, amenazó
con destripar a la izquierda y de afectar en materia grave a los páramos con “fracking
a lo que marque”; la misma desde donde dio su primer discurso. El mismo que
la prensa hegemónica calificó como “conciliador”. Al salir de esa especie de
joyero, De la Espriella sentirá de manera directa lo que es lidiar con un país
como Colombia: lleno de cafres- él mismo lo dijo-, gobernado por mafias de todos
los pelambres y una élite premoderna, rentista y precapitalista. Aunque deje la
caja, la muñequización de la política que él representa llegó para quedarse.
La enorme urna la ubicaron en
Barranquilla, la ciudad del clan Char, fuerza política que está detrás de su
triunfo electoral. Los Char le prestaron el espacio de la “ventana al mundo”
para que le hablara a la “manada” (no está claro si se trata de ovejas o de felinos
cachorros). Dicen por ahí que “todo comunica”. Pues bien, Abelardo comunica
muchas cosas y lo mismo su esposa. Se entiende
comunicar en el sentido de poner en común unas ideas y las formas como concibe
el poder y la política. Y en la comunicación hay factores ético-estéticos que
bien vale la pena observar.
Empecemos por la señora Ana Lucía
Pineda Aruachan, quien, sin ostentar la condición de “Primera dama”, se hizo
viral en las redes sociales por un gesto de desprecio a miembros de la manada
que al parecer la felicitaban por el triunfo en segunda vuelta. En el video se ve
que Pineda se limpia los dedos que al parecer le quedaron grasientos después
del infausto contacto con algunos de los más de 12 millones que votaron por su
marido. Muchos de esos votos salieron de viviendas humildes, de gente pobre y por supuesto de la siempre cambiante clase media.
¿Será que la
elegante primera dama se sintió sucia o simplemente el efecto Lady Macbeth la
llevó a tratar de limpiarse? Sobre ese efecto se dice que es la “tendencia o
necesidad de limpiarse, lavarse las manos o ducharse después de haber cometido
algún acto que va en contra de nuestras creencias y sentimientos, ante
la sensación de a gusta y malestar interno que nos supone la contradicción
entre nuestra creencia y nuestra acción”.
Con o sin efecto Macbeth, De la Espriella y su esposa son claramente aporofóbicos y clasistas. Además, profesan un desprecio por el país y su gente. Es un populista de derecha, pero sin respaldo popular. O mejor, con el respaldo de un pueblo ignorante, inspirado en un ethos mafioso.
Hay una ética-estética que rodea
la figura del Tigre. Sigamos con su alegoría al gran felino. Se trata de un
animal “solitario y depredador. Son
excelentes nadadores y poseen visión nocturna aguda, oído y olfato
desarrollados, así como garras y dientes poderosos para cazar”. Quizás en esas
características Abelardo de la Espriella, el animal humano, sustenta su amenaza
de “destripar a la izquierda” pues está convencido de que “puede morder duro”. Hay que esperar los zarpazos fiscales y los que se den contra el erario.
El uso de la camiseta de la
Selección Colombia también tiene un significado que supera los argumentos
jurídicos asociados a la manipulación de los símbolos patrios. Portar esa
particular camiseta apunta a que De la Espriella asume la política y el
ejercicio del poder como un juego en el que solo ganarán los poderosos: el
banquero Gilinski que de manera directa apoyó su campaña, será uno de los primeros
en recuperar la millonaria inversión, muy seguramente sobre enormes costos sociales:
puso al servicio del therian la revista Semana, un fortín ideológico y
cloaca en la que Vicky Dávila enterró la deontología del periodismo.
La muñequeada figura de Abelardo de
la Espriella dentro de la caja proyecta la imagen de un ser especial, pero
también la de un juguete. Haber llamado a Donald Trump para agradecerle su apoyo
explica esa condición de marioneta que parece disfrutar el presidente
electo. Lo llamativo es que los hilos con los que el presidente de los Estados
Unidos le dará vida a De la Espriella están cargados de inmoralidad. Trump es
un vulgar pederasta y un fino convicto dentro del territorio gringo.
Después de Duque, el primer títere
reconocido como tal, De la Espriella no solo naturaliza la existencia de esa figura no humana o proto humana, sino que mejoró la estética: deviene encajada, lo
que le da un aire de pureza en medio de su inhumana existencia. De la Espriella
saldrá de la urna de cristal y por cuatro años- quizás más- vivirá protegido y
en mejores condiciones de asepsia en la Casa de Nariño o en adelante la Casa
del Muñeco.
Adenda: ya se anuncian
nombres de eventuales ministros para el gobierno de Abelardo de la Espriella.
Se trata de políticos tradicionales. Los verdaderos “nunca”: los que nunca
soltarán la “teta” del Estado. “Firmes por la tradición” se escuchó gritar en
las huestes de los partidos conservador y liberal.
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