Por Germán Ayala Osorio
La convocatoria de Sebastián Villa
a la Selección de Fútbol que competirá en el Mundial de Fútbol llamó la
atención del periodismo deportivo, pero en particular la de la Defensoría del
Pueblo que, sin ambages, le dio el carácter político que los periodistas
deportivos obsecuentes con el manejo de la Federación Colombiana de Fútbol
(FCF), insisten en minimizar o desconocer.
Iris Marín, Defensora del Pueblo,
publicó una carta dirigida a la máxima autoridad del balompié nacional
alrededor del llamado del señalado jugador, involucrado en el pasado en hechos
de violencia de género y sexual ocurridos en la Argentina. Esto se lee en la misiva:
“La discusión no es solamente deportiva. Villa fue condenado
judicialmente por hechos de violencia basada en género y enfrentó además una
acusación por abuso sexual. Estos antecedentes no pueden reducirse a
‘problemas personales’ ni separarse por completo de la responsabilidad
pública que implica llevar la camiseta de Colombia en un mundial”.
Aunque Villa hace parte de la
lista preliminar compuesta de 55 jugadores, el reclamo de la Defensora del
Pueblo podría terminar con el sueño de Villa de ir al Mundial y de Lorenzo de contar
con él en la lista definitiva de 26 que enfrentarán los partidos del Mundial. El
asunto no es jurídico, es político, moral y ético. No faltarán los aficionados,
periodistas deportivos e incluso los mismos compañeros de Villa que consideren
que “la ética nada tiene que ver con el fútbol”, siguiendo la línea del vulgar,
machista y misógino candidato presidencial de la ultraderecha, Abelardo de la
Espriella, quien además de considerar que “la ética nada tiene que ver con
el derecho”, días atrás violentó a una periodista, presionándola para que “agrandara”
una fotografía de él, en la que se le veía “grande el paquete”.
Eso sí, es poco probable que el
técnico Néstor Lorenzo le dé la trascendencia ético-política, institucional y
moral que tiene lo expresado por Iris Marín, por varias razones: la primera, porque
es hombre y esos hechos de violencia intrafamiliar suelen minimizarse y en
ocasiones legitimarse a través de la solidaridad de género en un país machista
como Colombia y en un mundo masculino y masculinizante; la segunda, Lorenzo es
un extranjero a quien poco o nada le importa lo que pase con la imagen del Estado
colombiano, representado en este caso por la Defensoría del Pueblo; y la
tercera, Ramón Jesurun, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol y la institución que
regenta de tiempo atrás arrastran una historia de cuestionamientos éticos y
morales que pueden servir de pararrayos para defender y justificar la convocatoria de
Sebastián Villa.
Lo mejor que puede hacer la FCF
es impedir que Villa haga parte del seleccionado. De esa forma repara el error
inicial de convocarlo a sabiendas de las reacciones negativas que iba a generar
su llamado. Jesurun, Lorenzo, los periodistas deportivos pro FCF y los
aficionados deben entender y comprender que el fútbol como deporte espectáculo
y las dinámicas económicas y socioculturales que se mueven a su alrededor devienen
atadas políticamente a la operación del Estado. La sociedad colombiana, reconocida por taras civilizatorias como el machismo y el racismo, no merece llevar la mácula de ser también cuna de formas de disímiles formas de violencia contra las mujeres.
Llevar a Villa al Mundial de
Fútbol es legitimar y aplaudir violencias sexuales y otras basadas en género,
lo que confirmaría al Estado colombiano como un orden que, en lugar de proteger
y defender a las mujeres, niñas y adolescentes, otorga licencias a los hombres
famosos (jugadores fútbol) para que las sometan a todo tipo de violencias
simbólicas y físicas. Villa no puede ser premiado. “El mensaje que enviamos
cuando relativizamos la violencia contra las mujeres por talento,
popularidad o rendimiento deportivo es desolador, nos aleja del espíritu que
construimos detrás del deporte”.
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