Por Germán Ayala Osorio
Con la serie Matarife,
Daniel Mendoza Leal desnudó y universalizó los finos hilos de la inmoralidad
con la que Álvaro Uribe Vélez tejió su oscuro, criminal, incontrastable y al
parecer perenne poder.
El penalista y realizador usó el
lenguaje audiovisual para narrar la historia del político que más daño le ha
hecho a Colombia: Álvaro Uribe Vélez. Con su espíritu contestario, el dominio
del enrevesado mundo jurídico y la conexión de innumerables hechos políticos y
titulares de prensa le contó al país verdades que la prensa hegemónica se
empeñó en ocultar del turbio pasado del político del hijo de Salgar, Antioquia.
Había en esos productos audiovisuales momentos de rigurosidad periodística,
acompañada de referencias bibliográficas y autores como Klaus Roxin, con el
texto La autoría mediata por dominio en la organización, que
aportaron a quienes de tiempo atrás hemos seguido críticamente la trayectoria política
de Uribe Vélez.
Los últimos productos audiovisuales
dedicados a develar la estructura (in) moral de Abelardo de la Espriella están
lejos de la rigurosidad de varios de los episodios de la serie Matarife. Bajo
el nombre de Matarife Aboganster, Mendoza Leal quiere desnudar al
candidato presidencial de la ultraderecha. Y lo logra en por lo menos tres de
los seis capítulos dedicados al fatuo corroncho que considera la comida
colombiana como un potaje carcelario, que la ética nada tiene que ver con el
derecho o que la vida de los gatos es tan insignificante que bien pueden
morir amarrados a juegos artificiales.
El último episodio llamado “Justicia
garosa” es un producto audiovisual mediocre en el que a Mendoza Leal le parece que
a las audiencias cautivas y furtivas les puede interesar sus angustias existenciales
y los efectos psicológicos dejados por la tragedia colombiana en la que el
Estado es un aparato organizado de poder (criminal) consolidado como tal
entre 2002 y 2010. Por largos tres minutos, de los 17 que dura el episodio, Mendoza
Leal divaga en una oda egocéntrica que impide realmente tejer los rojizos hilos
maliciosos de la vida de Abelardo de la Espriella, “objetivo audiovisual” de la
“Revolución creativa” que propone Mendoza Leal.
Nadie niega el valor y el atrevimiento
de Daniel Mendoza al meterse con el expresidente y expresidiario Álvaro Uribe,
un hombre que genera verdadero terror en quienes conocen de su verdadera
naturaleza política. Su aviesa condición humana no parece asustar al penalista
y realizador audiovisual. Que se asemeje a la historia de Juan Sin Miedo no significa
que las audiencias, furtivas o no, estén interesadas en conocer de las
angustias existenciales del realizador. Entre menos aparezcas en los relatos,
mucho mejor, estimado Daniel.
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