Por Germán Ayala Osorio
Los colombianos llegarán a la
próxima contienda electoral acosados por los efectos que dejaron el proceso de
paz de La Habana y el plebiscito por la paz, instancias que dividieron el país
entre “patriotas” y “pro-guerrilleros”. Sin
duda alguna, un reduccionismo que sirvió de excusa para dividir a la sociedad
entre el Sí y el No, es decir, entre “buenos” y “malos”; esa caricatura del
país sostiene ética, moral y políticamente las candidaturas de Paloma Valencia
y Abelardo de la Espriella basadas en la defensa de la Patria a partir de la
aplicación sin límites de ninguna clase del principio weberiano de la violencia
legítima del Estado a través de la política de seguridad
democrática, la misma con la que se “justificaron” por lo menos 6402 ejecuciones extrajudiciales
(falsos positivos). Asociado a este, se escuchan frases como “vamos a recuperar
el rumbo, al país; vamos a reconstruir a Colombia”, expresiones que dan
cuenta de la lectura simplista, mentirosa y moralizante de una derecha que no
supera haber perdido la Casa de Nariño con Gustavo Petro.
Mientras que el candidato del
progresismo Iván Cepeda Castro representa a las víctimas del Estado fruto de la
aplicación de la seguridad democrática de la mano del principio de la “enemigo
interno”, Paloma Valencia y De la Espriella representan a quienes le apuestan
al regreso a los tiempos en los que comandantes militares exigían a sus
subalternos “litros de sangre” y gritaban “a mi no me traiga detenidos”.
Si se examina con atención entre
las dos lecturas o formas de representación de la realidad del país aparece una
idea de la paz que reeditará la insondable división que dejaron el proceso de
paz de La Habana y el plebiscito por la paz. El fracaso de la paz total es el
combustible con el que se mueven las fuerzas sociales, económicas y políticas
que nos quieren regresar a los tiempos en los que los paramilitares fungían
como agentes bisagra o simplemente fueron la autoridad estatal en vastos
territorios.
La siguiente anécdota de alguna
manera explica el nivel de crispación ideológica y la animadversión hacia todo
lo que haga referencia a la pacificación por las buenas del país, a la
izquierda y al pensar diferente.
Venía caminando muy cerca de mi
lugar de residencia. En sentido contrario venía una señora de unos 70 años, con
una sombrilla, protegiéndose de un sol canicular. Al cruzarnos se detuvo y me
preguntó que si podía hacerle un favor. A lo que accedí con un sí y una tímida
pregunta: de qué se trata, señora.
La dama respondió: “que me acompañe
a rezar para que nuestro señor Jesucristo no permita que un guerrillero y ateo
resulte elegido presidente de la República”. Aunque sorprendido, le
respondí: “no señora”. Su reacción a modo de pregunta fue contundente: “¿Es
usted guerrillero, ateo? Le dije que no, pero que apoyaba el proyecto
progresista. Seguí mi camino y la “cucha” se quedó gritando “ateo,
guerrillero, satanás, te irás al infierno”.
La escena me hizo pensar en qué
le habrá pasado a la señora para llegar a ese punto de mendigar oraciones a un
extraño para “salvar a Colombia de ser gobernada por un guerrillero y ateo”,
en referencia directa a Iván Cepeda. No es necesario explicar que Cepeda jamás
empuñó un fusil y desconozco si cree o no en Dios, asunto que me resulta irrelevante,
aunque peligroso cuando se usa políticamente.
Llegué a pensar que la “cuchita” aún
vivía en los tiempos de la campaña Petro presidente, quien como todos saben
militó en el M-19. Hasta donde sé, Petro defiende los principios de la Teología
de la Liberación y es creyente. De lo que sí estoy seguro es que la señora no
había despertado de un coma inducido justo antes del inicio de la campaña
presidencial que finalmente llevó a la presidencia de Colombia al primer y último exguerrillero.
Mientras me llega la hora de irme
para el infierno al que me mandó la “cucha buscadora" de feligreses que la acompañen
en su particular cruzada, seguiré escribiendo columnas (o calumnas)
sobre los asuntos y problemas de una sociedad premoderna, conservadora, goda,
puritana, morbosa y de doble moral que insiste en mezclar política, religión, fe y altas dosis de ignorancia. La paz política seguirá siendo un materia pendiente, cualquiera sea el presidente
de la República porque las guerrillas se transformaron en carteles, en mafiosos de camuflado como los llamó Petro.
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