domingo, 12 de abril de 2026

SAN BASILIO DE PALENQUE: ENTRE BENKOS BIOHÓ Y PAMBELÉ

 

Por Germán Ayala Osorio

 

La modernidad, como proyecto humano, se enfrenta a diario con la historia de San Basilio de Palenque (SBP), el primer pueblo libre de América. De dicho enfrentamiento surge una resistencia endulzada por un turismo incipiente que explota los imaginarios colectivos y los de los visitantes interesados en conocer de la voz de los hijos de Palenque, algo de la vida de Benkos Biohó y, muy de lejos, la de Antonio Cervantes Kid Pambelé, el boxeador de piel de ébano que enfrentó a puños a la pobreza y al hambre. A ambas las venció con honores.

Mientras que Biohó enfrentó a instituciones que validaron la esclavitud para alcanzar y ocupar un lugar en la historia de un país sin memoria; Pambelé alcanzó la siempre efímera gloria del reconocimiento social; Benkos es un referente de la libertad, de la resistencia y la dignidad del pueblo afro; mientras que Pambelé terminó siendo víctima de la propia arrogancia e ignorancia de este palenquero que asumió el dinero y la fama como mecanismos para alcanzar reconocimiento sin dignidad y sin saber qué es eso de la resistencia colectiva de los cimarrones.

A Pambelé lo recuerdan por sus logros deportivos, la frase “es mejor ser rico que pobre” y por haber gestionado el alcantarillado y la energía eléctrica para San Basilio de Palenque, su pueblo natal; y a Benkos, por haber dejado impregnado de dignidad los barcos cargados de negros esclavizados y los propios caminos de los cimarrones. A Benkos lo mató la premodernidad; y a Pambelé, elementos propios de la modernidad lo regresaron a la pobreza que había vencido a puñetazos.

La libertad y la dignidad que les dejó Benkos y el orgullo atado a las hazañas deportivas de Antonio Cervantes sobreviven a las prácticas de un proyecto modernizador hegemónico que se opone a los deseos folcloristas y romantizados de los visitantes que llegan a San Basilio de Palenque deseando ver y sentir la ancestralidad y el orgullo de un pueblo negro que intenta sobrevivir contando la historia del líder que se rebeló contra el yugo esclavista. Diagonal a la estatua de Benkos Biohó está la sede de la iglesia católica, multinacional de la fe que legitimó y agenció la esclavitud. En San Basilio de Palenque la guardia cimarrona funge como la autoridad local, sin necesidad de policías. Esa iglesia, sobra.

Los chicos de la escuela saben decir quién fue Benkos, pero quizás sus profesores no estén en la capacidad de enseñarles el valor y significado de esa “cosa pequeñita que se llama libertad”.

La vida en el primer pueblo libre de América transcurre en medio de la agricultura, ganadería, un turismo precario y una temperatura cercana a los 40 grados centígrados. Los turistas quedan a merced de un sol que pone a prueba la resistencia física de quienes llegan a SBP para viajar hacia el pasado de la mano de agentes culturales locales que, a cambio de dinero, los acercan a la vida de un pueblo que gritó libertad para hacerse libre.

A la llegada al pueblo, de la nada apareció Dionisio, un hombre afro que ofreció contarnos la historia de SBP a cambio de dinero. Saludó en palenquero, la lengua local que sobrevive porque en una pared cualquiera aparecen vocablos que los turistas intentan memorizar creyendo que de esa manera se insertan en la cultura palenquera y en la historia de Benkos y los negros libertos.

Llamó la atención que Dionisio desconocía la existencia del barco hospital Benkos Biohó lanzado por el gobierno Petro a las aguas del Pacífico para atender a un pueblo negro víctima histórica del racismo y el clasismo.

El vendedor de guamas, el que ofrece contar la historia gratis o a cambio de dinero y las mujeres que bailan a los turistas, sobreviven a una modernidad que usa la ancestralidad y la dignidad para distraernos de la gran discusión: ¿De qué libertad estamos hablando? De la que luchó Benkos y que le costó la vida; ¿O la que le permitió a Pambelé desperdiciar en trago y mujeres la fortuna que se ganó a golpes?

¿O estamos hablando de la que se opuso a la cruel esclavitud de los pueblos negros o a esa otra a la que alude la filosofía y que nos obliga a ser libres y felices, mientras inventa todo tipo de cadenas, igual de efectivas a los grilletes que le pusieron a Benkos?

El Viaje

Partí desde la Cali segregacionista y racista rumbo a SBP el primer pueblo libre de América en los tiempos de la esclavitud perpetúa de la que cantó Joe Arroyo. Fue un viaje al pasado que incluyó el recuerdo de mi abuelo paterno a quien mis oídos adolescentes le escucharon decir que El Cerrito “se estaba llenando de negros”. “Papito” Alfonso no era precisamente un hombre caucásico. Su piel oscura lo acercaba a la genética de Benkos y Pambelé, circunstancia que el abuelito no asumía como realidad aceptable o posible.

Regreso a la Sultana del Valle, la urbe que segregó a los negros, a pobres, indígenas y campesinos que llegaron desplazados por múltiples formas de violencia. Cali seguirá usando el Petronio Ávarez y la Feria de Cali para ocultar las prácticas racistas de sus élites y las de cientos de caleños que admiran, aceptan y reconocen a los negros y negras que bailan salsa, o se destacan en el fútbol y en el boxeo, mientras duran las presentaciones. Una vez terminadas, vuelven la indiferencia, los tratos crueles, los chistes racistas y el lenguaje que excluye.  

Los más de mil kilómetros de distancia que separan a los caleños del pueblo palenquero son suficientes para comprender que las acciones y estrategias libertarias que implementó Benkos sirvieron para que Palenque sea hoy el primer pueblo libre de América; pero insuficientes para animar procesos educativos que nos lleven como sociedad a proscribir el racismo y el clasismo. Algún día, ojalá, podamos gritar: “¡Colombia, el primer país del mundo, libre de racismo!”





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