Por Germán Ayala Osorio
Hay periodistas a los que les
encanta codearse con agentes de poder político y económico. Entonces, los
saludan de beso y abrazos, y aceptan regalos e invitaciones a parrandas y almuerzos
a restaurantes costosos. Aquí no se habla de acoso sexual o de tocamientos no
consensuados, muy a propósito de los casos que ocurrieron al interior del
noticiero Caracol.
Justo en ese tipo de relaciones
perniciosas la independencia, la autonomía y la manida objetividad periodística
quedan engrilladas. El oficio pierde un periodista, el Establecimiento gana un
estafeta-mandadero y las audiencias seguirán siendo engañadas por aquellos que después
del “guayabo” siguen pontificando sobre la importancia de la independencia y la
toma de distancia con las fuentes, mientras afinan las estrategias de
autocensura al momento de tener que informar o criticar las actuaciones de aquellos
politicastros y/o empresarios a los que les vendieron el alma. También escriben publirreportajes y los hacen pasar por "informes" periodísticos.
Los periodistas que actúan de esa
manera suelen mirar con desprecio a los colegas que saben ponerle límites a las
relaciones con quienes les sirven de fuentes o que representan a instancias de
poder económico y político que, de acuerdo con la deontología del oficio, deben
ser vigiladas de cerca por aquellos que están detrás de un micrófono.
Esas relaciones perniciosas suceden
en ambos espectros ideológicos. Esos tipos amancebamientos ocurren en la
derecha y en la izquierda, siendo por supuesto más en evidente y común en las
mesnadas uribistas que gobernaron por 20 años en un país cuya sociedad deviene
moralmente confundida. Por supuesto que, si nos vamos más atrás, esas prácticas
en las que la credibilidad periodística y la independencia se desvanecen en largas
noches de parranda o en veladas en finos restaurantes siempre fueron de común
ocurrencia.
Por ese tipo de situaciones es que
el periodismo y en particular los periodistas entran a hacer parte de lo que se
conoce como la “farsándula” criolla, en la que la hipocresía, los secretos a
voces, la corrupción público-privada y los chismes de alcobas afianzan el
imaginario negativo que existe alrededor del poder político.
En las últimas horas se volvió
viral un video en el que aparece la periodista de Caracol, Vannesa de la Torre enrumbada
con Alicia Arango, exsecretaria privada de Uribe, exministra de Iván Duque y
jefe de debate de la campaña presidencial de Paloma Valencia. Justamente esa
cercanía de la periodista con agentes del uribismo le hacen perder credibilidad
y seriedad. Como diría el expresidente Uribe, “hay compañeros que no cuidan
las comunicaciones”. Arango publicó el video y expuso a De la Torre al
escarnio público por su cercanía con las huestes uribistas a las que está
obligada a cuestionar y vigilar. Por ese
tipo de videos es que es doloroso concluir que el periodismo es una gran
mentira y que el ejercicio del poder político es el teatrino en el que se
falsea la realidad de un país moralmente confundido, además de clasista y racista.
Los y las periodistas que se ríen
maliciosamente con las fuentes y comparten espacios privados le hacen un enorme
daño al oficio. Eso sí, una vez entrados en esos “gastos de credibilidad e independencia”
no hay forma de salirse o tomar distancia. Sin exagerar, se parece mucho cuando
se entra al mundo de las mafias: es fácil entrar, pero difícil de salir.
Así que, estimado estudiante de
periodismo o recién egresado, si realmente ama su oficio y sobre todo se
respeta así mismo no acepte invitaciones y mucho menos salga a bailar con las
fuentes. Es posible que suba de estrato, pero perderá lo más preciado:
credibilidad y autonomía para vigilar y cuestionar a los que ostentan alguna
forma de poder.
Imagen tomada de VIDEO DE VANESSA DE LA TORRE DE RUMBA CON ALICIA ARANGO - Búsqueda Imágenes
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