Por Germán Ayala Osorio
La guerra que acaba de desatar Trump
y Netanyahu contra Irán tiene efectos e intereses económicos, políticos y
civilizatorios (étnico-culturales) soportados, como todas las operaciones
militares estadounidenses, en un discurso moralizante recogido por la prensa
occidental, incluida la colombiana, que le hace el juego al belicista pederasta
y al genocida israelí. Reaparecen entonces las frases claves: “eje del mal”,
“Estados terroristas”, “pueblos impíos” “enemigos de la
humanidad y del progreso”; y la lucha enconada “contra el comunismo y el
socialismo” para los casos de Cuba y Venezuela.
En lo económico, por supuesto, se
trata de acciones militares justificadas por la necesidad de controlar y
apropiarse del gas y el petróleo de Irán. Ya Trump controla los recursos energéticos
de Venezuela, lo que permite “jugar a la guerra” contra países petroleros.
Ahora va por la riqueza del pueblo persa. Por supuesto que el incremento en el precio
del hidrocarburo entra también en la ecuación que se desprende de la operación Furia
Épica lanzada contra el régimen iraní.
Logre o no hacerse con las
riquezas de Irán, Estados Unidos mantiene ardiendo ideológicamente a una región
para próximas arremetidas militares que favorecen a los Señores de la Guerra
que disfrutan al ver convertido el Medio Oriente en una gran vitrina en donde
se exhiben los avances tecnológicos en la fabricación de armas (aviones,
misiles supersónicos y ojivas nucleares, entre otros). De la “fiesta de la
guerra” de la que habló Estanislao Zuleta gozan los War Lord que
acompañan a los belicistas Netanyahu y Trump, los más aventajados vendedores de
los fabricantes de armas.
En el ámbito político, de manera
desesperada Estados Unidos le apunta a recuperar su hegemonía política y militar
en un territorio hostil para sus intereses, pero no lo suficiente para impedir sus
agresiones militares y la idea de imponer la democracia en regímenes teocráticos.
Todo lo anterior es posible en gran medida gracias a una Europa timorata, una
China calculadora y una Rusia que, con cada aventura militar gringa, legitima
su invasión militar y la guerra en Ucrania.
Quienes defienden las acciones
militares del Tío Sam para “instaurar la democracia” creen que esa idealizada
forma de poder cabe en una maleta que viaja custodiada por Marines
capacitados para abrirla e instalarla en donde se les ordene desde el salón
Oval de la Casa Blanca. Eso sí, las “hazañas” militares de USA sirven por
supuesto para ocultar el debilitamiento de las instituciones y las garantías
democráticas americanas, que se inició desde los ataques a las Torres Gemelas.
Hoy, la crisis de la vieja democracia gringa se justifica y explica en y por la
persecución contra los migrantes latinos, asumidos como ratas por los fascistas
miembros del ICE, con la anuencia del octogenario pederasta Donald Trump. De
esa manera, Trump logra distraer la atención de un sector de la opinión pública
local e internacional y de los demócratas que creen posible debilitarlo con las
denuncias por los crímenes sexuales cometidos en la isla de su amigo Jeffrey
Epstein.
En lo que respecta a lo
civilizatorio, con operaciones como la Furia Épica se logra “animalizar”
y “barbarizar” a pueblos y culturas milenarias como la que representa el pueblo
iraní. Por ese camino, USA se erige como el Gran Sheriff que define qué culturas,
etnias o grupos o comunidades diversas merecen o deberían de sobrevivir en un
mundo que le apuesta al triunfo de procesos muy bien pensados de homogenización
cultural, en el contexto de una globalización que además de económica y
política, deviene atada a una suerte de limpieza y estandarización étnica. El
mundo sería mejor-gritan los gringos- sin musulmanes, sin palestinos y sin
latinos o sudacas.