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jueves, 19 de marzo de 2026

JEP, "FALSOS POSITIVOS" Y NEGACIÓN SIMBÓLICA

 

Por Germán Ayala Osorio

Los crímenes de Estado, mal llamados “falsos positivos”, dan cuenta de la degradación misional de los integrantes del Ejército que monetizaron la vida de jóvenes a los que convirtieron, por arte de birlibirloque, en “guerrilleros dados de baja en combates”, vestidos a la carrera, con las botas al revés y tiros de gracia. 

Los encuentros organizados por la JEP entre victimarios y víctimas terminan en reclamos, sollozos y la catarsis de madres adoloridas, rabiosas  y llenas de dolor que confrontan a exoficiales, exsoldados y exsuboficiales que ordenaron las ejecuciones o simplemente cumplieron sin pensar la orden de asesinar a por lo menos 6402 jóvenes.

En esas audiencias o encuentros dialógicos entre los comparecientes (exmilitares) y los familiares de las víctimas de la política de seguridad democrática hay lo que llamo aquí en esta columna una negación simbólica que favorece la imagen del Ejército nacional, en la medida en que los responsables de las ejecuciones extrajudiciales que responden ante la JEP ya no visten el uniforme militar con el que legitimaron la práctica de asesinar civiles para inflar las cifras y engañar al país sobre el devenir del conflicto armado interno.

Así las cosas, las madres de los jóvenes asesinados terminan haciéndole reclamos a individuos (civiles) que ya no representan a la institución militar que validó la comisión de semejante atrocidad. Las peticiones de perdón de los exmilitares pierden valor simbólico porque ya no ostentan el poder intimidatorio y desbordado con el que cumplieron y dieron las órdenes de asesinar a los muchachos de Soacha y de otros lugares a lo largo y ancho del país. 

Los execrables crímenes se entendieron en las unidades militares como actos del servicio, lo que obligaría a que la aceptación de responsabilidades por parte de los exmilitares la hicieran vestidos con los uniformes con los que dieron o cumplieron las órdenes de asesinar a cambio de permisos, condecoraciones y platos de arroz chino. Es más, la comparecencia debía de darse con las medallas que se ganaron por asesinar civiles inermes y de esa manera mentirle al país en torno a que estaban ganando la guerra contra las guerrillas. El retiro de los galardones alcanzados por asesinar jóvenes debía de hacer parte de las audiencias y los encuentros dialógicos entre victimarios y víctimas.

Ver a oficiales, suboficiales y soldados vestidos de civil graduados de asesinos sin los uniformes camuflados o de fatiga constituye una negación simbólica que afecta la consolidación de la narrativa que señala que dentro del Ejército operó una empresa criminal plegada a las exigencias del entonces comandante en jefe de las FFAA que aparecía en los medios masivos exigiéndole a la tropa “más y mejores resultados operacionales”.

Insisto en que la condición civil desde la que generales, coroneles, mayores y capitanes reconocen haber dado y cumplido órdenes consistentes en asesinar muchachos termina por favorecer la imagen de la institución castrense comprometida en la comisión de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por uniformados de alta, media y baja graduación.

Quienes piensen que lo que se propone aquí es la teatralización del dolor se equivocan. De lo que se trata es de aportar a la construcción de la verdad de lo acontecido con los “falsos positivos”, apelando a la reconstrucción de unos hechos criminales usando la simbología castrense que legalizó y legitimó los crímenes de lesa humanidad que deberían de avergonzarnos como sociedad civilizada.

La práctica institucional de los “falsos positivos” merece el rechazo de toda la sociedad. No es suficiente con que comparezcan ante la JEP, pidan perdón a las víctimas y prometan repararlas. La desviación misional que los convirtió en sicarios amerita, por su gravedad, la exposición de los comparecientes con la vestimenta castrense desde y con la que mancharon para siempre el honor militar, mancillaron la confianza de los civiles en el Ejército nacional y convirtieron al Estado en un asesino serial.

domingo, 15 de marzo de 2026

PALOMA VALENCIA Y LA JEP: LA VIEJA OBSESIÓN DE ACABARLA



Por Germán Ayala Osorio

 

El uribismo está obsesionado con la JEP. Y Paloma Valencia Laserna, también. Acabarla, desmontarla o ajustarla es un extraño propósito del expresidente y exconvicto Álvaro Uribe y el de su “hija-candidata presidencial” que insiste en que el alto tribunal de paz asumió una actitud persecutoria contra los militares que se sometieron a las condiciones de la justicia restaurativa, en gran medida para librarse de largas condenas proferidas por jueces de la justicia ordinaria, pero también por el compromiso de decir la verdad en torno a los crímenes de Estado, mal llamados “falsos positivos”, perpetrados por uniformados que monetizaron la vida de jóvenes que fueron asesinados con tiros de gracia.

Valencia Laserna repite hoy lo dicho por su mentor y “padre”: se trataría de confesiones presionadas por los magistrados de la JEP y las favorables condiciones jurídicas del modelo de justicia restaurativa.  Por supuesto que frente a largas condenas proferidas por los jueces ordinarios los uniformados comparecientes reciben sanciones morales y quedan en libertad siempre y cuando aporten verdad y expliquen las condiciones en las que se presentaron los hechos punibles a los cuales están vinculados en calidad de determinadores, testigos de excepción o ejecutores de las órdenes emanadas por oficiales de alta graduación que cumplían las directrices del ministerio de la Defensa y del Ejecutivo.

Frente a los togados de la JEP, oficiales y suboficiales han reconocido que asesinaron civiles para inflar las cifras de guerrilleros dados de baja en combates y señalado a la política de seguridad democrática como el inmoral marco institucional desde el cual se legitimó la práctica de secuestrar jóvenes para luego presentarlos como subversivos “neutralizados” en operaciones contrainsurgente.

Esa misma narrativa del uribismo se complementa con el imaginario que señala que la JEP ha sido permisiva con los comparecientes de las Farc-Ep, sobre los cuales ya hay acusaciones en firme por la comisión de delitos de lesa humanidad. Olvidan los detractores de la Jurisdicción Especial para la Paz que todos los comparecientes recibirán beneficios jurídicos mientras aporten verdad, se comprometan a no repetir las conductas criminales y a reparar a sus víctimas.

Valencia Laserna en varias ocasiones justificó sus ataques contra la Jurisdicción Especial para la Paz con un argumento falaz: defender el honor de los militares. Si la JEP fue creada en el marco del Acuerdo de Paz firmado entre el Estado con las Farc-Ep para juzgar a los máximos responsables de los delitos de lesa humanidad perpetrados en ocasión del conflicto armado por militares y guerrilleros, por qué la candidata presidencial insiste en proteger a los uniformados? La respuesta es evidente: los combatientes estatales (generales de tres soles, coroneles y mayores) han hecho referencia a la política de seguridad democrática como la pérfida realidad institucional impulsada por el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, uno de los actores bisagra, que aportaron a la degradación misional del Ejército nacional.

No se trataría exclusivamente de defender el honor y la libertad de los altos oficiales comprometidos en los ajusticiamientos extrajudiciales, sino la imagen de su “padre”, responsable político de la aplicación sin límites éticos y morales de una política de seguridad y defensa diseñada para aplicar la doctrina del enemigo interno por fuera de las lógicas y las dinámicas de un degradado conflicto armado. Al final, asesinar civiles (por lo menos 6402 jóvenes vulnerables) y perseguir y violentar “mechudos, tatuados y gente de izquierda” dieron cuenta de la extensión social y política de la doctrina del enemigo interno.

Infortunadamente surgieron las disidencias de las Farc-Ep y el ELN se mantiene en pie de lucha, lo que hace pensar en que la candidata presidencial de la derecha uribizada estaría interesada, de llegar a la Casa de Nariño (o de Nari), en ajustar los procesos internos de la JEP de cara al regreso a la política de seguridad democrática a partir del 7 de agosto de 2026, esto es, del retorno de la práctica criminal de asesinar civiles, ponerles camuflados, un arma y las botas al revés.



sábado, 7 de marzo de 2026

TRUMP Y EL ESCUDO DE LAS AMÉRICAS

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Con el apoyo de 12 gobiernos de América Latina, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump le apuesta a naturalizar su propia doctrina (Donroe) a través de la creación del Escudo de las Américas contra los Carteles de la Droga. Por fuera de esa alianza quedaron Brasil, México y Colombia, cuyos mandatarios no tienen afinidad ideológica con el pederasta que despacha desde el salón Oval de la Casa Blanca.

Se trata, sin duda alguna, de una nueva forma de intervención en el destino de América Latina. En el pasado fue la Alianza para el Progreso y más recientemente el Plan Colombia, aplicado durante los ochos años del gobierno de Álvaro Uribe con resultados discutibles: no se derrotaron a las guerrillas, aunque si obligaron a las Farc-Ep a replegarse y negociar con el Estado un tratado de paz; el negocio del narcotráfico se mantuvo a flote en gran medida porque sus dinámicas siguen atadas a los intereses de la banca, nacional e internacional que lava las fortunas de origen ilegal y a las lógicas del poder político y social; el desplazamiento forzado de comunidades campesinas, negras e indígenas y de colonos garantizó una contrarreforma agraria que favoreció el latifundio y los monocultivos de palma africana y caña de azúcar. Más de seis millones de colombianos fueron desterrados de sus territorios. Y en materia socioambiental se registró el deterioro socioambiental de valiosos y frágiles ecosistemas selváticos durante las dos administraciones de Uribe Vélez.

Con el Escudo de las Américas contra los Carteles de la Droga los ataques militares contra Irán, la eventual caída del régimen cubano y la consolidación del tutelaje sobre Venezuela el presidente Trump logra mantener alejados los focos de la prensa local y mundial de los archivos Epstein en los que está directamente implicado en calidad de violador de niñas y por supuesto  la  violenta persecución étnico-identitaria contra los migrantes latinos que desató de la mano de ICE, una fuerza supremacista con rostro nazista.

La reunión con los 12 presidentes se desarrolló en Miami. Trump lo dijo con asombrosa claridad: “Acordamos usar fuerza militar letal para destruir estos siniestros carteles y sus redes terroristas". Las consecuencias de dicha amenaza-propósito tocan de manera directa el futuro de Colombia, único país de la región en el que sobreviven las guerrillas de los años 60 y está en un proceso electoral en el que hay candidatos presidenciales que proponen un Plan Colombia 2.0 y otros que insisten en hablar de paz con los grupos armados ilegales permeados por el negocio del narcotráfico.

El primer efecto práctico es que Trump desconoce la naturaleza sociopolítica del conflicto armado interno y por esa vía recupera la tesis de la “amenaza terrorista” que Uribe usó para borrar de un plumazo las causas objetivas y subjetivas que legitimaron el levantamiento armado en el país.

El segundo efecto se sentirá con rigor a partir del 7 de agosto de 2026. De continuar el proyecto progresista en cabeza de Iván Cepeda, su gobierno estaría impelido, por presiones de Washington, a abandonar la idea de pacificar el país a través de la negociación política. Si por el contrario la derecha logra poner en la Casa de Nari a Paloma Valencia, Sergio Fajardo o en su defecto al bukelista Abelardo de la Espriella, entonces Trump y la godarria colombiana estarán de plácemes porque volverá la “guerra contra las drogas y el terrorismo” y con esta la persecución a los líderes de la izquierda democrática y del progresismo como sucedió con la aplicación de la política de seguridad democrática (2002-2010).

Hay que leer con atención el mensaje allegado desde el Departamento de Estado, que la BBC registró: “Esta histórica coalición de naciones trabajará conjuntamente para impulsar estrategias que pongan fin a la injerencia extranjera en nuestro hemisferio, a las pandillas y carteles criminales y narcoterroristas, y a la inmigración ilegal y masiva".

Y finalmente, habría un tercer efecto político e ideológico del orden territorial y continental con el que estilos de gobierno como los de Bukele (El Salvador), Kast (Chile) y Noboa (Ecuador) salen exaltados y legitimados por el belicista y violador de los derechos humanos que despacha desde la Casa Blanca.

Vale la pena recordar frases de Simón Bolívar y a Eduardo Galeano para comprender lo que puede significar el Escudo de las Américas: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad". Y estas dos del escritor uruguayo: 1. “El mundo está organizado por la economía de guerra y la cultura de la guerra”. 2. “El mundo se está convirtiendo en una inmensa base militar, y esa base se está convirtiendo en un hospital mental del tamaño del mundo. Dentro del manicomio, ¿cuáles están locos?”.




lunes, 2 de marzo de 2026

PERIODISTAS Y MEDIOS “ORGÁNICOS” DE LAS FARC Y DEL ESTABLECIMIENTO

 



Por Germán Ayala Osorio

 

La Silla Vacía, de Juanita León, señala en un reciente artículo que los medios Agencia de Prensa Rural, Kaos o Rebelión son “medios orgánicos de las Farc”. Estamos ante un señalamiento periodístico, ideológico y ético-político que nos lleva a una discusión de fondo que por supuesto no pretende soslayar las prácticas informativas de los señalados portales. Y esa discusión de fondo está atada a una pregunta: ¿Hubo o hay en Colombia “medios orgánicos de los paramilitares y del Establecimiento”? La respuesta al interrogante es un contundente sí.  

El cuestionamiento de la Silla Vacía deviene con una inocultable carga moral que vicia la discusión de fondo que no se propone en el mencionado artículo por obvias razones: Juanita León se presenta como una periodista objetiva que dirige un medio que solo interesado en analizar e informar.  Eso sí, el señalamiento aporta a los procesos de estigmatización de los que son víctimas todos aquellos pensadores, periodistas y académicos de izquierda o liberales cuyos artículos fueron reproducidos por los señalados portales. Aunque la Silla Vacía advierte “que eso no significa que todas las personas que hayan publicado en esos medios tuvieran vínculos con la guerrilla”, al declararlos como “orgánicos de las Farc-Ep”, de inmediato los lectores establecen una relación de por lo menos simpatía con el proyecto político de las Farc-Ep y lo que es peor, con sus actividades criminales.  

En el marco de un conflicto armado interno como el que soporta el país de tiempo atrás, los periodistas suelen quedar comprometidos e incluso impelidos o sometidos a variables contextuales que les ofrecen la “oportunidad” de desnudar sus simpatías ideológicas con los dos proyectos políticos enfrentados: el de las guerrillas, en este caso el de las entonces Farc-Ep y el de los paramilitares, atado institucional y moralmente a los intereses de las élites que los patrocinaron y convirtieron en un complejo fenómeno sociocultural, político y económico.

No se puede negar que hay periodistas que miraron y cubrieron con simpatías las operaciones de las Farc-Ep, e incluso, dejaron ver cierta admiración hacia los miembros del Secretariado de las Farc. De la misma manera hubo y hay reporteros que se escondieron y se esconden aún detrás de la aplicación de los “protocolos” o criterios periodísticos para tratar de ocultar su total obsecuencia a los discursos de los políticos, empresarios, paras y militares cuando estos, en calidad de “fuentes legítimas”, salieron a defender sus propios intereses, es decir, los asociados al mantenimiento del Establecimiento colombiano. Unos y otros aportaron de manera directa o indirecta a los procesos de heroización de los combatientes, legales e ilegales, en medio de las atrocidades perpetradas: masacres, desplazamiento forzado y ejecuciones extrajudiciales (falsos positivos).

Para ser justos, las audiencias deben de saber que en un escenario complejo como el que rodea la historia política del país hubo “medios orgánicos de las Farc-Ep” y de otras guerrillas; así como hay empresas mediáticas y reporteros “orgánicos del Establecimiento”, en particular con los sectores que apoyaron a las fuerzas paramilitares.  

Hacer periodismo bajo las condiciones irregulares de un conflicto armado interno es quizás el desafío ético-político más grande al que se deben enfrentar los periodistas. Hacer creer que solo hay medios orgánicos que defienden o defendieron a las Farc-Ep, hace parte del juego moralizante en el que cae la Silla Vacía. Por todo lo anterior, no creo en la “objetividad periodística”. Eso sí, hay que apostarle a la rigurosidad. Los mayores enemigos de este último valor son los combatientes, legales e ilegales, y por supuesto los más visibles agentes económicos y políticos de lo que se conoce como el Establecimiento colombiano.

Hay medios y periodistas que apoyan denodadamente a poderosos actores económicos y políticos que además de justificar e incluso alentar el levantamiento armado de las guerrillas, llevan años impidiendo que el país alcance un desarrollo económico y un bienestar colectivo. Hablo de banqueros, los Señores de la Guerra y líderes gremiales que con posturas económicas ortodoxas y mezquinas le apostaron a precarizar la vida de los asalariados. 

Adenda: los portales Agencia de Prensa Rural y Rebelión reprodujeron varios artículos de autoría de quien firma esta reflexión. Jamás sentí simpatía alguna por las Farc-Ep y mucho menos admiración por sus jefes. El camino de las armas jamás fue una opción válida. 

jueves, 19 de febrero de 2026

LA DERECHA URIBIZADA SE QUEDÓ SIN PROMESAS DE CAMPAÑA

 



Por Germán Ayala Osorio

 

El incremento del salario mínimo en un 23,7%, las reformas pensional y laboral, la entrega de tierras a cientos de miles de campesinos y la recuperación de la SAE para fines comunitarios dejó sin margen de maniobra a los precandidatos y candidatos presidenciales de la derecha uribizada. Más claro: el gobierno Petro los dejó, prácticamente sin temas para lanzar promesas en la campaña electoral. Lo único que les queda es insistir en eslóganes cargados de patrioterismo: “vamos a recuperar a Colombia; vamos a salvar al país de la ruina comunista”.

De allí que solo les quedan dos temas históricos y recurrentes en todas las campañas presidenciales: el manejo de la orden público por cuenta de la operación criminal y mafiosa de las “guerrillas” y la lucha contra la corrupción público-privada. Hay un tercer asunto que ya explotan electoralmente: la crisis del sistema de salud y en particular las dificultades que afronta la Nueva EPS para atender de manera eficiente a sus afiliados.

Cuando se acercan las elecciones, las “guerrillas” se hacen sentir con sus ataques terroristas y emboscadas. Demostraciones de fuerza que afectan a la población civil y le sirven a la prensa hegemónica para atacar al gobierno Petro por el fracaso de la “Paz Total”. Las conversaciones o diálogos de paz se vuelven tema de debate entre quienes le apuestan al regreso de los tiempos de la seguridad democrática, con todo y falsos positivos, como Abelardo de la Espriella; y aquellos que, como Cepeda, insisten en darle continuidad a la apuesta gubernamental de buscar una salida negociada al “conflicto armado interno”. Insisten todos en la vieja fórmula: que el Estado llegue a los territorios dominados por los facinerosos. Y eso, jamás sucedió.

La corrupción público-privada es un tema habitual.  La promesa es la misma en todas las campañas: vamos a combatir el ethos mafioso. El resultado es el mismo: todos fracasan. La corrupción en la UNGRD es la mácula que ensucia la imagen del gobierno del cambio. Nadie parece advertir que ese ethos mafioso se naturalizó en Colombia de tal manera que no hay forma de erradicar la corrupción. Insistir en esa promesa constituye un engaño. Quizás sea mejor que recojan la frase del entonces presidente de la República, el inefable Julio César Turbay Ayala: “hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

Sergio Fajardo, una de las fichas del expresidente Uribe para los comicios que se avecinan, promete hacer visibles a los mega contratistas que aportarán millones de pesos a su campaña. El ladino candidato presidencial promete hacer seguimiento y rendición de cuentas a los mecenas que invertirán millonarios recursos para llevarlo a la Casa de Nariño. El “Tigre” o alias Papucho, así como Vicky Dávila de Gnecco ofrecen “cárcel para los corruptos”.  Temas recurrentes y promesas vacías.

Y en cuanto a los problemas del sistema de aseguramiento en salud, a los aspirantes presidenciales de la derecha uribizada solo les queda repetir el mismo sonsonete: “el gobierno Petró acabó con el mejor sistema de salud del mundo”.  De la mano de la prensa tradicional explotan electoral y periodísticamente las desgracias de los pacientes, como lo ocurrido con el niño Kevin Acosta. Al final, ocultan el pérfido espíritu empresarial y mafioso con el que las EPS asumieron el cumplimiento de la Ley 100 de 1993. Insisto: no la tienen fácil los precandidatos y candidatos presidenciales de la derecha en estas elecciones en materia de promesas de campaña.



domingo, 8 de febrero de 2026

EL FALSO SALUDO MILITAR DE ABELARDO DE LA ESPRIELLA



Por Germán Ayala Osorio

En el saludo militar y el grito Firmes por la Patria de Abelardo de la Espriella, candidato presidencial de la ultraderecha, confluyen por los menos tres representaciones sociales que circulan al interior de las unidades militares y en general en el mundo castrense: la primera, en torno a eso de “ser hombre” (macho). Váyase al Ejército para que se "vuelva hombre", gritaban tíos y padres en el siglo XX;  la segunda, atada a la idea de “amar a la Patria” y la tercera y quizás la más inconveniente y peligrosa la del “enemigo interno”, extendida por Uribe, a la sazón, para perseguir periodistas, críticos, pensadores, académicos, progresistas y la gente de izquierda gracias a la relación amigo-enemigo que entre 2002 y 2010 se naturalizó y  convirtió en doctrina ideológica y política.

A pesar de presentarse como un “penalista exitoso”, De la Espriella es un hombre básico en su lenguaje y poco dado a dar discusiones más allá del ámbito de lo jurídico. Es monotemático, lo que le impide ofrecer una mirada compleja y sistémica de la vida humana y de los problemas del país y del mundo. 

Con el saludo castrense, el abogado y amigo personal de Alex Saab, ficha del régimen venezolano, busca afanosamente parecerse al expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez, un militarista que en ocho años usó a las fuerzas militares para sus fines dictatoriales y por supuesto para legitimar su tesis- falsa por demás- con la que aseguraba que “lafar” (léase las Farc-Ep) asesinaron a su honorable progenitor. Ya el país sabe lo que pasó con la seguridad democrática y el actuar de la tropa sin límites morales y éticos y lo que es peor, alejados de la mística castrense. Hay 6402 razones para evitar el regreso de la seguridad democrática y de Uribe, en las "carnitas y huesitos" de Abelardo. 

Así las cosas, elegir a De la Espriella es apostarle a posibilidad del regreso de los falsos positivos y a la privatización del Ejército para fines no patrióticos. El amor que dice profesar Abelardo de la Espriella a la Patria no brota de haberle servido a través del servicio militar obligatorio y mucho menos en calidad de oficial de la reserva. No.  Surge, por el contrario, del mutuo manoseo que suelen ofrecerse los presidentes de la República y los uniformados, imbuidos en las dinámicas de un degradado conflicto armado interno.

La amenaza que lanzó de “destripar a la izquierda” deviene ancorada, por supuesto, a la doctrina amigo-enemigo que inspiró a los uribistas. Con el eslogan “Mano firme, corazón grande” naturalizaron la degradación moral al interior de las fuerzas armadas y engañaron a millones de colombianos que creyeron en las buenas intenciones de un gobierno neoliberal que precarizó las condiciones de millones de trabajadores y afectó en materia grave el derecho colectivo a gozar de un ambiente sano.

Si la actual cúpula militar y los demás miembros de las fuerzas armadas interpretan correctamente el fingido saludo castrense y su grito de campaña, Firme por la Patria, comprenderán que Abelardo de la Espriella es un patriotero más, esto es, un falso patriota. Militares y reservistas: el mencionado candidato presidencial es un actor político (y de teatro) que está jugando con las emociones y usando los símbolos patrios con la discrecionalidad propia de un ateo converso y de un godo recalcitrante. Avanzaremos como sociedad civilizada cuando dejemos de creer en Mesías, Héroes y Patriotas.


martes, 3 de febrero de 2026

REUNIÓN PETRO-TRUMP: ¿SALIÓ BIEN REALMENTE?

 



Por Germán Ayala Osorio

 

La reunión Petro-Trump resultó positiva a pesar del discurso cifrado y las declaraciones generales entregadas por el mandatario colombiano durante la rueda de prensa ofrecida en la embajada de Colombia en los Estados Unidos. El tono un tanto zalamero de la respuesta de Trump sobre cómo había salido el encuentro hace parte de la lectura positiva que la prensa y agentes políticos están haciendo en las redes sociales.

Más allá de los temas expuestos durante la reunión y los mecanismos acordados para que las mesas de trabajo técnico diseñadas arranquen con miras a solucionar las diferencias en el manejo de asuntos como el narcotráfico y el papel de Colombia en el tutelaje que sobre Venezuela ejerce hoy la administración Trump, nuevamente la derecha uribizada sale golpeada políticamente porque sus principales representantes esperaban o soñaban con un resultado catastrófico del encuentro entre los dos mandatarios: más de uno fantaseó con ver a Petro vestido de naranja y preso, como Nicolás Maduro Moros.  

Los esfuerzos por enlodar y deslegitimar al gobierno Petro que hicieron los alcaldes de Medellín y Cali, al igual que María Fernanda Cabal y Vicky Dávila, entre otros agentes políticos, en sus viajes a Washington, resultaron infructuosos a juzgar por la reunión misma y porque según dijo el presidente colombiano, entregó información clave, con nombres incluidos, de los capos internacionales que se benefician de la producción de cocaína en Colombia y que muy seguramente han estado conectados con miembros de la élite política y económica local.

Eso sí, el tono afable de Trump y el silencio de Marco Rubio no deberían asumirse como parte de una incontrastable victoria política de la delegación colombiana. El Gran Sheriff de la Casa Blanca no es precisamente un hombre de fiar: es impredecible, medio orate e influenciable por quienes desde las propias mesnadas republicanas y las siempre genuflexas huestes de la derecha colombiana se benefician de las finas redes de corrupción que vienen atadas al negocio de la cocaína y a los intereses binacionales en la fabricación y comercialización de armas y pertrechos que dinamizan el conflicto armado interno colombiano.

Si a Petro le devuelven la visa y si las autoridades gringas lo sacan de la lista Clinton (OFAC) nadie de la oposición podrá negar lo positivo que resultó el encuentro entre los dos presidentes. Un asunto crucial que también servirá para medir el impacto positivo o negativo de la reunión está atado a las apuestas electorales que se impulsarán desde el salón Oval en las elecciones presidenciales en el país. Si Trump hace público en unos meses el nombre del candidato presidencial que le gustaría que llegara a la Casa de Nariño, entonces sabremos si en la reunión o en las mesas técnicas se logró erosionar la narrativa uribista que indica que a Colombia llegó el comunismo, el socialismo o el neocomunismo y que Iván Cepeda se encargaría de hacer del país “otra Venezuela u otra Cuba”. Eso sí, se espera que Petro haya aprendido la lección y en adelante se controle y evite volver a agitar las relaciones con el consagrado pederasta.

 

Adenda: la periodista Vicky Dávila informó de la existencia de unas pruebas que dice tener el narcotraficante alias Pipe Tuluá, extraditado por orden del presidente a los Estados Unidos, sobre la entrega de dinero a Juan Fernando Petro en apoyo a la campaña Petro Presidente. Este tipo de información pretende, nuevamente, ensuciar la imagen de Gustavo Petro. Cuidado. 

lunes, 2 de febrero de 2026

PASTRANA, MAXWELL Y EL ERÓTICO JUEGO DE LA GUERRA

 




Por Germán Ayala Osorio

 

Como si se tratara de un capítulo de la serie el Superagente 86, el entonces presidente Andrés Pastrana Arango y Ghislaine Maxwell, la proxeneta del pederasta Jeffrey Epstein se montaron en un helicóptero artillado del Ejército para sobrevolar una zona selvática colombiana y emprender una “cacería de terroristas”, de acuerdo con los documentos desclasificados por la justicia gringa. Al parecer, se divirtieron de lo lindo jugando a la guerra.

Estanislao Zuleta, años atrás habría definido a la guerra como una “fiesta”. Dijo además que “sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”. Quizás por lo anterior el proceso de paz del Caguán terminó en un absoluto fracaso: Pastrana no llegó “maduro” a la mesa de diálogo con la entonces Farc-Ep. Como tampoco los comandantes de la guerrilla.

De acuerdo con los correos desclasificados, Pastrana y la reconocida proxeneta y reclutadora de niñas para el “consumo” de hombres blancos, millonarios y poderosos llegaron al clímax no tanto por pilotear la aeronave militar, sino al ver trabajar la canana que alimentaba a la ametralladora. El viaje se habría producido al final del mandato de Pastrana.

Maxwell tenía licencia de piloto, lo que sin duda facilitó darse un “pichón” en el aparato militar para “dar balín” como dirían los candidatos presidenciales Santiago Botero y Abelardo de la Espriella”. En las redes se lee que “durante un viaje a Colombia, invitada por Pastrana, Maxwell piloteó un helicóptero Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana, un modelo militar artillado (equipado con armas como misiles y ametralladoras)”.

Pastrana y Maxwell aparecen en una imagen con uniformes de pilotos, lo que confirmaría que por lo menos hubo un vuelo en la aeronave militar. “Pastrana organizó el evento, incluyendo un "show" donde Maxwell pudo apuntar y disparar un misil o cohete contra un supuesto "campamento terrorista" (posiblemente refiriéndose a guerrillas como las FARC)” …, se lee en las redes sociales.

En los años 70 y 80 una parte de la sociedad disfrutó de las ocurrencias del personaje Maxwell Smart, el Superagente 86. Décadas después, y gracias a la desclasificación de los archivos del caso Epstein, los colombianos se están enterando de que el presidente Pastrana y la alcahueta Ghislaine Maxwell salieron una tarde-noche de cacería porque asumieron el conflicto armado interno o la guerra interna, como una fiesta. Y al parecer, se divirtieron como niños chiquitos.

Conclusión: no hay nada en el mundo más sensual y excitante que asesinar terroristas o guerrilleros vestidos de civil y violar niñas en una isla paradisíaca. Por ello jamás faltarán las guerras y siempre habrá pedófilos y pederastas en la política, la academia, en el mundo castrense, en la curia y en...

 

 

 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

¿ES POSIBLE OTRO MODELO DE NEGOCIACIÓN CON LAS “GUERRILLAS”?

 

Por Germán Ayala Osorio

Convertidas las “guerrillas” en grupos mafiosos o en traquetos de camuflado como los llama el presidente Petro hace casi imposible sostener en el tiempo la campaña militar pensada exclusivamente en derrotarlas militarmente. Ni con el Plan Colombia y su naturalización en la política de seguridad democrática se pudo acabar de fondo con las guerrillas del ELN y las Farc-Ep.

La negociación política con las Farc-Ep, fruto de parciales y contundentes victorias militares del Ejército colombiano, resultó costosa en términos sistémicos para comunidades que viven en selvas y en entornos rurales en donde se siembra la coca: desplazamientos forzados, muertos, heridos y mutilados en la población civil y en las filas de los combatientes, violaciones de los DDHH y del DIH y afectaciones ecológicas y socioambientales en ecosistemas naturales históricos.

La presencia de las disidencias de las disidencias es un indicador irrefutable de que las economías ilegales terminaron por someter o erosionar el sentido político de cualquier negociación, transformaron a esos grupos en traquetos con brazaletes y por supuesto hicieron inviable presupuestal y humanamente mantener en el tiempo las operaciones militares adelantadas por las fuerzas del Estado.

La pérdida del carácter político de esas estructuras armadas obligaría a los negociadores del próximo gobierno a consolidar unas agendas diferentes pensadas más con criterios económicos, institucionales, sociales y territoriales que permitan proponer salidas novedosas como la conversión de esos grupos en ejércitos convencionales que legitimados por el Estado, cumplirían con labores policiales y el cuidado de selvas y otros ecosistemas estratégicos, entre otras actividades que se puedan pensar y proponer. Por supuesto que esa transformación vendría de la mano de procesos de capacitación y de aceptación social, jurídica y política de ese nuevo rol. Igualmente, serviría como una forma de responder judicialmente a la sociedad por los delitos cometidos y los daños generados por su accionar criminal.

En lo que respecta al negocio de la cocaína, el Estado asumiría el control de todas las etapas de producción, mientras se consolidan los programas de sustitución de los cultivos de uso ilícito. Los monocultivos de amapola, coca y marihuana pasarían a control estatal y privado para la producción de medicamentos y otros usos posibles en beneficio de la humanidad. 

En el mundo hay experiencias similares en las que grupos irregulares terminaron fusionándose a las fuerzas legítimas de los Estados que le apostaron a superar graves conflictos internos. Quizás sea tiempo en Colombia de apostarle a salidas diferentes a los procesos de paz de los que siempre salen disidencias o a la salida militar que podría extender el conflicto por otros 50 años de una guerra absurda que hace rato dejó de ser política en los términos tradicionales atados a cambiar las correlaciones de fuerza y las formas en las que se ejerce el poder. Es una guerra económica, financiera y territorial que deviene ancorada al lenguaje mafioso propio de los carteles de la droga.

Así las cosas, los eventuales procesos de negociación a establecer con el próximo gobierno deberían de servir para revisar el sentido político con el que suelen establecerse las mesas de diálogo, normalmente asociadas a procesos de desmovilización, entrega de curules para comandantes y la puesta en marcha de proyectos productivos para los reinsertados. En varias ocasiones los comandantes del ELN han dicho que no les interesan las curules y mucho menos adelantar proyectos productivos. Y a juzgar por el comportamiento mafioso de las disidencias farianas, lo mejor es revisar lo que tradicionalmente los gobiernos, en nombre del Estado, han ofrecido y aplicado para poner fin a las hostilidades.

Esa ha sido la tradición en un país con una larga historia de negociaciones de paz entre el Estado y los grupos irregulares; unas fallidas y otras con aciertos y resultados positivos, pero con amenazas de generar el colapso de lo acordado. Quizás es tiempo de jugársela por salidas políticas diferentes atadas a dos objetivos paralelos: evitar más víctimas civiles y uniformadas y afectar los intereses de los Señores de la Guerra, locales e internacionales que se benefician de la existencia de lo que se conoce como el conflicto armado interno.

disidencias de las farc y cocaina - Búsqueda Imágenes

sábado, 6 de diciembre de 2025

MILITARES Y GUERRILLEROS: ¿ENEMIGOS O SOCIOS?

 

Por Germán Ayala Osorio

 

El caso de las posibles relaciones del general Juan Miguel Huertas con las disidencias farianas de Iván Mordisco hace parte de una larga historia de probadas conexiones mafiosas entre oficiales, suboficiales y soldados con miembros de las “guerrillas”. Ya veremos si el alto oficial tuvo o no negocitos con los ilegales. Si se logra probar su responsabilidad en el ilícito, el presidente Petro deberá asumir la responsabilidad política por haberlo devuelto al servicio activo; así mismo, los líderes de la inteligencia y contrainteligencia deberán hacer lo propio por no haberle advertido al jefe del Estado de las andanzas del oficial durante su retiro.

Esos probados vínculos entre militares y “guerrilleros” confirman una incontrastable degradación moral al interior de las fuerzas militares en particular en el Ejército, fuerza sobre la que recae la lucha contra esas estructuras armadas ilegales agrupadas en la categoría enemigo interno” con la que se han justificado jurídica y políticamente procesos de paz como el de La Habana y feroces y sostenidos ataques para buscar su sometimiento o su eliminación física, durante la aplicación del Plan Colombia y la política de seguridad democrática.

Por supuesto que el envilecimiento y la inmoralidad también tocaron a las “guerrillas” que siempre se presentaron como “salvadores de la Patria y revolucionarios honestos”, cuando sus comandantes y mandos medios hacían negocios con militares, sus “eternos enemigos”.

A pesar de varias purgas ordenadas en anteriores gobiernos y las propias del presidente Petro, si el próximo gobierno le apuesta a reiniciar diálogos de paz con esas estructuras armadas ilegales tendrá que poner en la agenda y sobre la mesa la exposición de pasadas y presentes relaciones entabladas con miembros de las fuerzas armadas. No tiene sentido hablar de desmovilizaciones, curules, entrega de armas y procesos de justicia restaurativa mientras existan las tenebrosas conexiones comerciales entre subversivos y miembros de la fuerza pública.

Así las cosas, antes de reestablecer conversaciones de paz con el ELN o las disidencias de las disidencias, el próximo presidente de la República deberá liderar procesos de limpieza al interior del Ejército para evitar filtraciones, pero sobre todo frenar los negociados con los que pierden legitimidad social y política nomenclaturas como paz, diálogos y conflicto armado interno. Y como muestra de una real voluntad de paz, los comandantes “guerrilleros” estarán obligados a reconocer y entregar a quienes desde sus propias mesnadas andan en negocios con uniformados.

Sería importante también que desde la Casa de Nariño se ordene la tarea de exponer a quienes suelen llamarse los Señores de la Guerra, esto es, empresarios locales y empresas internacionales que de manera legal o ilegal obtienen millonarias ganancias de la extensión en el tiempo de las dinámicas de un “conflicto armado interno” que se degradó militar y políticamente, hasta convertirse en un escenario de mutuas conveniencias entre militares, guerrilleros, empresarios y políticos. Ya el país entendió que las señaladas “guerrillas” están más interesadas en sacar provecho de la minería, el contrabando y la comercialización de la cocaína, que en tomarse en serio los diálogos de paz e incluso, de hacerse con la Casa de Nariño. Para qué el poder político, si controlan rutas del narcotráfico,  amplios territorios, participan de las rentas de la minería, lavan dinero con la ayuda de agentes estatales a través de la ganadería extensiva, entre otras actividades. Al final, hay que preguntarles: ¿son enemigos o socios?

 




el negocio de la guerra en colombia - Búsqueda Imágenes

martes, 2 de diciembre de 2025

¿JUAN CARLOS PINZÓN SERÁ EL UNGIDO DE DONALD TRUMP?

 


Por Germán Ayala Osorio

 

El indulto dado por Trump al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico y corrupción en su país y su denodado apoyo al virtual ganador de las elecciones en el país centroamericano, Nasry Asfura naturaliza la intrusión de USA y exhibe sin pudor la doble moral y el interés en poner en las casas de gobierno de los países de América Latina a juiciosos mandaderos y ejecutores de la particular política antidrogas diseñada por los Estados Unidos caracterizada por el control del negocio, esto es, la no persecución a los empresarios y políticos proamericanos que hagan ingentes esfuerzos por mantener sometidos a sus países a los intereses gringos que van más allá de la producción de la droga: explotación de oro y otros minerales; para el caso de Colombia,  extender en el tiempo las dinámicas del “conflicto armado interno” en beneficio de los Señores de la Guerra, exploración y  producción de hidrocarburos y  conservación de ecosistemas naturales para fines de investigación genética, entre otras actividades.

Para el caso del escenario electoral que se avecina en Colombia se espera que Trump haga lo mismo señalando a quien le gustaría que llegara a la Casa de Nariño. Juan Carlos Pinzón Bueno podría ser el ungido de Trump, decisión que, consultada o no con el expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez, confirmaría al presidente norteamericano como una variable electoral a tener en cuenta en las elecciones de 2026. El tío de Pinzón Bueno, Jorge Bueno Sierra, condenado a cadena perpetua por narcotráfico en los Estados Unidos y la actitud cipaya del precandidato presidencial pueden ayudar a que Trump le diga a la derecha colombiana que ese es su candidato preferido. ¿Estará de por medio la propuesta de indultar al tío de Pinzón?

Abelardo de la Espriella parece no contar con la total simpatía del gobierno gringo por sus relaciones con Alex Saab y por esa vía con el régimen de Nicolás Maduro Moros. En la actual campaña electoral en Colombia, precandidatos presidenciales como Abelardo de la Espriella, Juan Carlos Pinzón y Vicky Dávila han dejado ver una incontrastable actitud cipaya que termina legitimando y naturalizando la intromisión de USA en nuestros asuntos internos. Recordemos que Pinzón Bueno dijo que en una "sentada" - Petro le preguntó si en una "arrodillada"- arregla las relaciones con Washington. 

Eso sí, ese virtual “dedazo” de Trump hace parte de un proceso injerencista en Colombia del que hacen parte decisiones como la descertificación y la inclusión del presidente Petro en la Lista Clinton. Se trata de disposiciones jurídico-políticas ambientadas por los agrios enfrentamientos entre Trump y el mandatario colombiano.  La llamada “guerra contra las drogas” es la fachada con la que se encubren los procesos de intervención americana en Colombia con los que se pretende controlar la llegada de millones de dólares al país por cuenta de la venta de la cocaína en el enorme mercado norteamericano, así como la producción y distribución del alcaloide en manos de agentes locales (políticos y traquetos) que cuentan con el aval de la CIA y por ende de la Casa Blanca.

Las finas relaciones entre la derecha colombiana con el gobierno republicano en cabeza de Donald Trump están atadas a la vieja agenda narcotizada con una variación reciente: la llegada por primera vez a la Casa de Nariño de una fuerza progresista es vista por el uribismo, congresistas gringos de origen colombiano y el propio Trump como un riesgo castrochavista o neocomunista al que hay que enfrentar política y electoralmente. Lo anterior permite concretar acciones injerencistas que para el caso colombiano se han movido entre los esfuerzos de la prensa local hegemónica por deslegitimar al gobierno Petro, descertificar al país y calificar al presidente colombiano como “líder de organizaciones del narcotráfico”.

Las acciones injerencistas de los Estados Unidos en los procesos electorales y en la política interna de los países de América Latina son de vieja data. Con la CIA, por ejemplo, planearon el derrocamiento de Salvador Allende y el inicio de la dictadura militar al mando de Augusto Pinochet Ugarte. Los Contras en Nicaragua y los intentos de golpes contra Chávez en Venezuela y diversos planes político-militares en Colombia confirman el poder injerencista de los gringos en las dinámicas domésticas de los países que componen su “patio trasero”. La Alianza para el Progreso, el Plan Laso y el Plan Colombia son formas de intrusión aprobadas por las élites locales y presidentes en ejercicio que disfrutan de los beneficios de haber entregado la soberanía estatal al Tío Sam y por esa vía extender en el tiempo la dependencia económica y política frente a lo que hagan y digan los gringos. De esa manera, se garantiza las condiciones de un sistémico subdesarrollo provocado por los Estados Unidos y aceptado por el Establecimiento colombiano. 



lunes, 17 de noviembre de 2025

LOS BOMBARDEOS, EL GRAN TEMA DE LA CAMPAÑA PRESIDENCIAL




Por Germán Ayala Osorio

 

Después del proceso del Acuerdo de La Habana, la paz dejó de ser el gran tema electoral, decisivo en anteriores campañas presidenciales. Ahora, con la muerte de por lo menos 12 menores de edad a causa de un par de bombardeos a campamentos de los facinerosos de Iván Mordisco, al escenario electoral de 2026 muy seguramente llegará el asunto de la continuidad o no de los certeros y duros ataques aéreos usados por Uribe, Santos, Duque y Petro para golpear y diezmar militarmente a las estructuras armadas ilegales que aún muchos llaman “guerrillas”.  Por lo menos, se espera que en los debates presidenciales la pregunta surja acompañada del tono moralizante e hipócrita alrededor de si se ordenarían bombardeos a pesar de la presencia de adolescentes en los campamentos de las disidencias farianas y del ELN.

Eso sí, el posicionamiento electoral del tema de los bombardeos a los acantonamientos selváticos de las narcoguerrillas no le devolverá la importancia sociopolítica y mediática que años atrás se les dio a las negociaciones con los grupos armados ilegales y a la idea de superar el conflicto armado interno a través de negociaciones políticas. Poco a poco el concepto de conflicto armado interno se irá vaciando de sentido social y político. La Academia se encargará de mantener su legitimad por el peso jurídico que se deriva de las dinámicas militares. Al igual que las ONG locales e internacionales dedicadas a la defensa de los derechos humanos. 

Iván Cepeda, como candidato del progresismo deberá tener mucho cuidado al momento de responder las preguntas y los cuestionamientos alrededor de si mantendría o no los bombardeos contra las “guerrillas”. Una respuesta negativa lo pondría en la misma situación contradictoria en la que cayó Petro, pues los ataques de esas estructuras ilegales a la población civil, a estaciones de policía y batallones en algún momento lo obligarían a ordenar ataques aéreos. Es más, si llega a la presidencia, muy seguramente la cúpula militar y los gremios lo presionarán para que use la fuerza de las bombas para diezmar a los facinerosos.

Que otros temas aparezcan en la escena electoral de 2026 significa que la operación de los grupos irregulares perdió importancia política, fruto en gran medida de la sistemática transformación de las antiguas guerrillas en estructuras mafiosas al servicio de la Junta del Narcotráfico tal y como lo ha señalado en varias oportunidades el presidente Petro. También puede tratarse de unos mejores niveles de conciencia en sectores societales que entendieron que realmente las “guerrillas” no tienen voluntad de paz y que existencia hace rato se alejó de las románticas ideas revolucionarias que defendieron en los años 60.

Por supuesto que estas nuevas circunstancias contextuales en las que la búsqueda de la paz dejó de ser una prioridad social y política se explica porque desmovilizar a los grupos ilegales a través de negociaciones políticas dejó de ser un objetivo alcanzable por varias razones: la primera, porque los comandantes del ELN y las disidencias farianas así lo han expresado; la segunda, porque su operación no constituye un riesgo político y militar para el régimen colombiano; y la tercera, porque la narrativa final del gobierno Petro convirtió a esas estructuras ilegales en “ejércitos privados al servicio de las mafias del narcotráfico y la minería ilegal”.

Los temas prioritarios son otros, gracias en gran medida al proyecto progresista y en particular a las ejecutorias del gobierno Petro en materia de reforma agraria, fortalecimiento de lo comunitario, vías terciarias y secundarias, el uso de los recursos de la SAE para beneficio de comunidades y universidades y la naturalización de las exigencias de los derechos laborales, entre otros. Se suman a estos los problemas no resueltos por la administración Petro como la inseguridad en las urbes, la extorsión, los secuestros y la operación criminal de las estructuras armadas ilegales y la crisis del sistema de salud.



Imagen tomada de: BOMBARDEOS EN GUAVIARE, PETRO PIDE PERDÓN - Búsqueda Imágenes

domingo, 16 de noviembre de 2025

SIETE MENORES ASESINADOS, MOCIÓN DE CENSURA, HIPOCRESÍA Y COHERENCIA IDEOLÓGICA

 


Por Germán Ayala Osorio

 

El escándalo político y mediático generado por la muerte de siete adolescentes en el reciente bombardeo del Ejército a un campamento en el que hacían presencia facinerosos de Iván Mordisco deviene con un tinte electoral y una clara intención de confrontar la coherencia ideológica y política del presidente Petro. Es casi imposible ser coherente por la misma aviesa condición humana y los siempre acomodaticios marcos morales y éticos creados por el propio ser humano. 

La defensa de la vida y la dignidad de viejos y viejas y en particular la de los menores de edad casi que es exclusivo de los sectores progresistas y la izquierda democrática  y una bandera agitada con furor por Petro; mientras que la ocurrencia de los falsos positivos, la estigmatización y persecución contra periodistas y críticos durante el gobierno Uribe fueron acciones y actitudes legitimadas por quienes creyeron a pie juntillas en la superioridad moral con la que fue concebida la política de seguridad democrática.

El anuncio de dos congresistas de la radicación de una Moción de Censura en contra del Mindefensa, Pedro Sánchez, así como las reacciones de varios precandidatos presidenciales, entre ellos Sergio Fajardo, Juan Manuel Galán y Roy Barreras, frente al trágico saldo del ataque aéreo están dirigidos a poner a prueba la coherencia ideológica del presidente Petro y de los miembros del Pacto Histórico que en el pasado criticaron la caída de menores de edad durante un bombardeo similar autorizado por el entonces presidente Iván Duque Márquez.

Si hay algo difícil en un país tan complejo como Colombia son las dinámicas de un “conflicto armado interno” que se degradó hasta tal punto de que todos los actores armados, legales e ilegales, en el pasado violaron el DIH y los DDHH. Al poner el foco en la lamentable muerte de los siete menores, los políticos que señalan hoy, a grito herido, que el gobierno Petro violó el DIH y los DDHH olvidan que las llamadas “guerrillas” jamás aceptaron someterse a las reglas de juego planteadas por ejemplo en el Protocolo II de Ginebra. Muestra de lo anterior es el reclutamiento forzado de los menores que cayeron en el referido bombardeo, los constantes ataques a las misiones médicas y los secuestros de civiles.

Con razón el ministro de la Defensa, Pedro Sánchez expresó su molestia porque solo escucha señalamientos contra el presidente y contra él mismo por el resultado del operativo militar.  Sánchez espetó que “aquí deberíamos estar rechazando a los criminales, ¿por qué no escucho una sola voz rechazando a quienes reclutan a los menores? ¿Por qué? A ellos es a los que tenemos que rechazar. Aquí el único crimen es el reclutamiento".

Quizás a manera de respuesta al rabioso interrogante que lanzó el ministro de la Defensa señalo que no se escucha esa voz de rechazo porque en Colombia la coherencia política e ideológica empieza a fracturarse a partir del momento en el que obligados por las circunstancias sí o sí se termina defendiendo el principio aquel de la “violencia legítima del Estado”. Es claro que esa doctrina le sirvió a Petro como parapeto jurídico-político para autorizar el bombardeo con el saldo ya conocido y por esa vía intentar cubrir la inmensa grieta que él mismo abrió en sus creencias al momento de asumir el cargo de jefe del Estado y autorizar el ataque.

La tormenta desatada continuará por varias semanas de la mano de las empresas mediáticas que harán todo lo que periodísticamente esté a su alcance para magnificar lo ocurrido y politizar en grado máximo una difícil decisión militar que termina por ocultar el origen mismo de la problemática que está detrás del reclutamiento forzado de los siete menores que hoy, con evidente hipocresía, “lamentan” precandidatos presidenciales; los mismos  que de llegar a la Casa de Nariño lo más probable es que se verán abocados a tomar decisiones como las que tomó Petro por una razón histórica: en los territorios en los que son reclutados cada día menores de edad el Estado no es un referente de orden establecido  y mucho menos un faro moral para aquellos menores seducidos por todo lo que les ofrecen los criminales al mando de Iván Mordisco.

Qué fácil resulta desde una curul en la fría y distante capital de la República reclamar por el trágico saldo de siete menores asesinados víctimas de la violencia legítima del Estado y de las narcoguerrillas, cuando desde el mismo Congreso de la República se legitima el ethos mafioso con el que se eligen alcaldes y gobernadores, los débiles regentes que creen que gobiernan en territorios como el Guaviare en los que hace rato se legitimaron las “guerrillas”. Como dijo alguien por ahí: “en fin, la hipocresía”.


sábado, 15 de noviembre de 2025

SIETE MENORES CAÍDOS: BOMBARDEAR O NO, ESA ES LA CUESTIÓN… MORAL

 

Por Germán Ayala Osorio


Lamentable que en el más reciente bombardeo a un campamento de las disidencias de Iván Mordisco hayan caído siete menores de edad. ¿La inteligencia militar supo de la presencia de los adolescentes? ¿El presidente de la República sabía? Las respuestas a estos interrogantes no les devolverán la vida a los muchachos caídos en el ataque militar, pero servirán para atizar la crispación ideológica en un ambiente electoral en el que todos los precandidatos presidenciales tienen la solución para superar las dinámicas de las disímiles violencias que confluyen en lo que se insiste en llamar conflicto armado interno.

El saldo cruel de víctimas lo están usando precandidatos presidenciales como Sergio Fajardo Valderrama, varios periodistas uribizados y bodegueros de la ultraderecha para atacar la política de paz del gobierno Petro y la propia orden de bombardear a esas estructuras criminales.

Fajardo habla de una Petro-contradicción al recordar que Petro en el 2021 calificó el asesinato de menores de edad en un bombardeo en el Guaviare como “crímenes de guerra”. Petro le respondió quees lamentable toda muerte de personas y más de menores de edad. Pero si dejo avanzar los 150 hombres de Iván Mordisco que iban por la selva emboscan a 20 soldados jóvenes que estaban al frente a pocos kilómetros”.

Petro expone un complejo dilema moral y militar: era preferible que cayeran los siete menores de edad de cuyas vidas muy seguramente ninguna institución estatal tenía información y no los 20 soldados sobre los que el Estado tiene, además de información precisa de su existencia, los elevados costos económicos de haberlos formado para combatir a un degradado enemigo interno.

Los menores que cayeron son víctimas del reclutamiento forzoso, pero también del Estado, de la política y de políticos en la medida en que ninguna institución fue capaz  de protegerlos y brindarles una vida diferente en territorios en los que justamente el Estado brilla por su ausencia o en el mejor de los casos, por su debilidad institucional;  de ahí la facilidad con la que son enganchados por esas y otras estructuras narco criminales que les ofrecen lo que el modelo económico, el régimen político y el sistema sociocultural les negó por el solo hecho de haber nacido en departamentos y zonas que el centralismo bogotano sigue viendo como los viejos “territorios nacionales”.

Y si vamos un poco más allá de las lecturas moralizantes y oportunistas con las que hoy atacan al jefe del Estado, esos niños y adolescentes ya estaban condenados a vivir en la ilegalidad y a morir en cualquier momento porque tanto el sistema financiero internacional y por supuesto el nacional se benefician de la producción de la cocaína que mantiene la operación de esos ejércitos mafiosos que insisten en llamarse guerrillas y que les brindan una "oportunidad" a esos adolescentes de quizás enriquecerse con el negocio de la droga, el secuestro, el sicariato y la extorsión. 

Existe, entonces, una cadena de actores responsables de la muerte de esos 7 menores de edad y de los que cayeron en anteriores bombardeos ordenados por los gobiernos de Uribe, Santos y Duque. En ese inmoral encadenamiento aparecen los militares y policías que hacen negocios con las “guerrillas”. Y por supuesto, los políticos corruptos que se roban los presupuestos de las alcaldías y gobernaciones en cuyas jurisdicciones operan a sus anchas los narco criminales del ELN y las disidencias de las disidencias. 

Adenda: la muerte de estos 7 menores de edad puede servir de argumento en la discusión alrededor del tema del envejecimiento de la sociedad colombiana en razón a que no “hay suficientes mujeres para parir”; tema que recién tocó el precandidato de la derecha, Juan Daniel Oviedo.



siete menores murieron en bombardeo ordenado por Petro - Búsqueda Imágenes

domingo, 9 de noviembre de 2025

40 AÑOS DESPUÉS DEL HOLOCAUSTO DEL PALACIO DE JUSTICIA



Por Germán Ayala Osorio

 

Hay una conexión moral que hay que hacer entre las acciones militares y prepolíticas realizadas tanto por el M-19 en la toma, como por el Ejército en la retoma del Palacio de Justicia y hechos posteriores como los falsos positivos y las sangrientas tomas guerrillas a bases militares con los saldos ya conocidos por los colombianos.

Más allá de las grietas y contradicciones de los relatos que dan cuenta de una verdad a medias sobre lo ocurrido en la toma y retoma del Palacio de Justicia, hay una realidad inobjetable: a los guerrilleros del M-19 y a los militares los unió en ese escenario caótico el desprecio por la vida de los magistrados, empleados de la cafetería y visitantes. Lo que vino después para el país en materia de orden público fue la degradación moral de los combatientes, legales e ilegales.

Si aceptamos el relato que indica que el M-19 se tomó a sangre y fuego el Palacio de Justicia patrocinado con dineros del asesino serial Pablo Escobar Gaviria, encontramos, más allá de la veracidad y legitimidad de las fuentes consultadas, que ese contubernio con el Cartel de Medellín explica con claridad la actitud inmoral y la contradicción de la ética “revolucionaria” de los miembros del M-19. Aliarse con semejante criminal es suficiente muestra de la degradación moral de la que aquí hablo.

Y si aceptamos la versión que indica que el Ejército se aventuró a retomar el Palacio de Justicia para vengarse  del M-19 por el robo de las 5.000 armas del cantón norte y la sustracción de la espada de Bolívar; y para desaparecer los expedientes de las investigaciones que se adelantaban en contra de altos oficiales por violaciones a los derechos humanos, entonces queda claro que la retoma no fue una acción para “defender la democracia” y mucho menos para recuperar a los magistrados secuestrados. Que los servicios de inteligencia del Estado y las huestes castrenses conocieran que el M-19 estaba planeando el asalto al Palacio de Justicia da cuenta del grado de desprecio por la vida de los magistrados. Los procesos en contra de altos oficiales del Ejército venían desde el gobierno de Turbay Ayala y la aplicación del violento Estatuto de Seguridad.

Luego del Holocausto del Palacio de Justicia vinieron los sangrientos ataques a pueblos y a bases militares por parte de otros grupos guerrilleros y los falsos positivos. Temerarias, violentas y prepolíticas acciones que se conectan muy bien con los inmorales hechos del Palacio de Justicia y la consecuente degradación moral de los actores del conflicto armado interno. ¿Acaso no es inmoral asesinar civiles inermes, ponerles camuflados y hacerlos pasar como “guerrilleros muertos en combates”? ¿Acaso no es inmoral someter a tratos degradantes a militares en campos de concentración que las Farc construyeron? ¿O acaso no es inmoral lo sucedido con el magistrado Carlos Horacio Urán que salió vivo del Palacio de Justicia, luego el Ejército lo asesinó y apareció calcinado al interior del recinto?

La génesis de dicha degradación moral está atada a los hechos de lo que se conoce como el Holocausto del Palacio de Justicia, pero sobre todo a los efectos pasajeros de una tragedia presentada como nacional por la prensa de la época, pero que apenas si logró atrapar a las familias de los magistrados, de los guerrilleros, de los empleados de la cafetería, de los visitantes y de las personas que el Ejército desapareció.

Desde ese trágico momento, el desprecio por la vida, animado por la doctrina del enemigo interno, su extensión a todo lo que oliera a izquierda y la llegada de Petro al poder se convirtió en una constante en una sociedad como la colombiana que desprecia la paz, al tiempo que aplaude las soluciones armadas en las que no solo caen los combatientes ilegales, sino civiles inocentes. Para darle continuidad a ese sentimiento de desprecio por la vida hay precandidatos presidenciales y políticos que hablan de “destripar”, dar bala o balín a diestra y siniestra, e incluso de diseñar un segundo Plan Colombia. 

Con los actos conmemorativos del Holocausto nos damos cuenta que somos buenos para rezar por las víctimas y exigir verdad y justicia, pero bastante "malitos" para mirarnos al espejo de la inmoralidad y la ética acomodaticia en el que todos los días nos miramos como sociedad premoderna e incivilizada. 



domingo, 2 de noviembre de 2025

HOLOCAUSTO DEL PALACIO DE JUSTICIA Y EXTERMINIO DE LA UP: ¿PODREMOS PASAR LA PÁGINA?

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Hay hechos de la violencia política de Colombia que parecen ser los mayores obstáculos para que como sociedad allanemos el camino en aras de consolidar relaciones sociales y políticas respetuosas en medio de las diferencias en el ya caldeado ambiente electoral de cara a las elecciones de 2026.

La toma y retoma del Palacio de Justicia y el casi exterminio de la Unión Patriótica (UP) sirven por estos días para discurrir  alrededor de  si esos dos particulares y dolorosos hechos políticos y prepolíticos en sí mismos impiden que podamos como sociedad “pasar la página” o si son las interpretaciones jurídico-políticas que todavía circulan sobre ambos sucesos las que hacen prácticamente imposible allanar esa ruta que nos lleve como colectivo a perdonar a todos los responsables y a tratar de entender a quienes pretenden reivindicarlos por representar las luchas políticas que daban cuenta de una realidad superior: la existencia de un conflicto armado interno que terminó degradándose  y evitando la discusión sensata y argumentada en torno a su naturaleza social, económica y política y por supuesto sus dinámicas.

Los enfrentamientos políticos, discursivos e incluso los choques entre el presidente Petro y miembros de la familia Gaona, víctimas del Holocausto del Palacio de Justicia; y por supuesto, la grosería con la que María Fernanda Cabal trató al sumiso periodista Daniel Pacheco en reciente entrevista a propósito de la responsabilidad del Estado colombiano en el genocidio político de la UP hacen pensar en que los hechos en sí mismos no impiden el entendimiento y el diálogo respetuoso, y que más bien el pétreo obstáculo está atado a la concepción que cada uno tiene de la Verdad y de la Memoria, elementos que al devenir contaminados por intereses e ideologías, facilitan y promueven la irritabilidad, la construcción de nuevos enemigos, la negación comunicativa del Otro como un interlocutor válido, los deseos de reescribir la historia negando los fallos de la justicia e incluso el aplauso del saldo trágico de víctimas fatales aludiendo al “bien superior del Estado”, forma de dominación que arrastra graves problemas de legitimidad.

En este discurrir hay que señalar que como animal simbólico el presidente Petro ha exagerado en la exhibición de la bandera del M-19 y en la reivindicación de su lucha como guerrillero y revolucionario en una sociedad que a pesar de procesos de paz fallidos y otros exitosos, sigue viendo su consecución como un desgaste innecesario no solo por los elevados costos económicos de los diálogos de paz, la rebaja de penas y las desmovilizaciones de los grupos al margen de la ley, sino porque al no producirse la eliminación física de los excombatientes se asume como una derrota social y política de aquellos que defienden la institucionalidad estatal sin el más mínimo asomo de responsabilidad política por haber evitado la construcción de una verdadera República.

Por todo lo que representa para el país el presidente de la República, al agitar en varias ocasiones la bandera del M-19 reabre heridas, alimenta los reduccionismos conceptuales que al final evitan la comprensión de las lógicas de los llamados “revolucionarios” y las propias de los “contrarrevolucionarios y la circulación de versiones oficiales y no oficiales que extienden en el tiempo las dudas sobre la Verdad y la Memoria en torno a los dos hechos que provocaron la escritura de esta reflexión.

Lo mejor que podemos hacer como sociedad es dejar que “hablen” las historias, las memorias y las verdades, judiciales y las versiones populares construidas sobre los vergonzosos hechos de la toma y retoma del Palacio de Justicia y la eliminación de los militantes de la UP. No es necesario estar de acuerdo alrededor de quiénes fueron los responsables directos e indirectos; bastaría con sentirnos avergonzados por esos dos episodios que dicen mucho de lo que somos como ciudadanos y colectivo. Quizás a partir de ese momento estemos listos para “pasar estas dos y otras páginas de nuestra vergonzante historia como pueblo aparentemente civilizado.


 


petro, los gaona y el palacio de justicia - Búsqueda Imágenes


jueves, 30 de octubre de 2025

MARÍA FERNANDA CABAL: NEGACIONISTA, INTOLERANTE Y GROSERA CON LA PRENSA

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Negar la responsabilidad del Estado colombiano en las ejecuciones extrajudiciales mal llamadas falsos positivos y en el exterminio de la Unión Patriótica (UP) es parte fundamental de la narrativa de los uribistas. Son, además, negacionistas de la naturaleza política del conflicto armado interno y del cambio climático. El país recordará que en la política de seguridad democrática de Uribe se afirma que en el país no había en ese momento un conflicto armado sino una amenaza terrorista.

María Fernanda Cabal Molina, una de las “tigresas” del expresidente Álvaro Uribe Vélez se hizo viral en las últimas horas porque negó la responsabilidad del Estado en el genocidio político de la UP. Lo hizo en un tenso diálogo con el periodista Daniel Pacheco a quien además ofendió al decirle que “tenía cemento en el cerebro” por recoger la versión oficial e incluso la propia sentencia de la CIDH[1] (2023) por el asesinato de por lo menos 4153 militantes de la Unión a manos de miembros de las AUC, los Pepes, los 12 Apóstoles y el MAS (Muerte a Secuestradores), en connivencia de actores estatales, en particular de agentes del temido y ya desaparecido DAS.

La actitud grosera de la senadora Cabal Molina hacia el periodista y su reiterada intención de invalidar los tozudos hechos de la violencia política y desconocer las sentencias de los jueces hacen pensar en los riesgos que correrían los periodistas en una eventual presidencia de la señora Cabal. El país pasaría de “otra pregunta amigo”, como decía Uribe, a “Usted no le contesto porque tiene cemento en el cerebro”. Incluso, de llegarse a presentar nuevos hechos criminales en los que estuviesen comprometidos agentes estatales, lo más probable es que desde la Casa de Nariño se ordenaría torpedear las investigaciones de la justicia.

En el referido rifirrafe con el periodista, Cabal espetó: “No me diga jamás que el Estado aniquiló a la Unión Patriótica, a la Unión Patriótica la aniquiló…”. El periodista, con evidente timidez, dijo que fue el Estado. En ese preciso momento la precandidata presidencial de la derecha montó en cólera y le dijo a su interlocutor que “es muy difícil conversar con personas con cemento en el cerebro, de verdad”.

Llama la atención la reacción de Daniel Pacheco quien trató de defenderse de la patanería de la senadora uribista. Lo hizo en un tono timorato que terminó por agrandar la ya evidente intolerancia de Cabal Molina frente a quienes no comparten su versión de unos hechos criminales probados por la justicia colombiana y la internacional. Esto dijo Pacheco: “pero tampoco, no tiene por qué decir eso, podemos estar de acuerdo…”.

En su andanada en contra del reportero, Cabal Molina continuó en estos términos: “no, no, ese es el problema cuando a usted le capturan las fuentes de la historia y las vuelven memoria, la Unión Patriótica tuvo una tragedia porque le mataron mucha de su militancia y gente que no tenía nada que ver…”. Aunque el gremio periodística se caracteriza por su desunión, la actitud arrogante, estólida, displicente, sobradora, altanera, grosera e intimidante de María Fernanda Cabal debe asumirse como una afrenta contra la prensa en general. Pacheco hoy sufrió los embates de la intransigente precandidata presidencial, mañana puede ser cualquier otro periodista. Eso sí, no se espera una reacción colectiva de las empresas mediáticas en defensa del reportero ofendido, pues dentro de aquellas hay colegas uribizados que se rinden a los pies de la señora Cabal y a los de su mentor, el caballista, expresidente antioqueño y exdirector de la Aerocivil. ¿Se atreverá la FLIP a decir algo?

Detengámonos un instante en algunos términos que usa la senadora. Dice que la UP “tuvo una tragedia”. De manera sinuosa la precandidata presidencial elude hablar de exterminio o de genocidio político. Su intención es clara: minimizar la naturaleza política de la persecución y el aniquilamiento de los militantes de la UP. Hay tragedias aéreas y familias que sufren la pérdida de varios familiares en masacres, accidentes de tránsito. Lo que vivieron las familias de los militantes de la UP asesinados fue más que una tragedia: fueron estigmatizados, perseguidos y sintieron el terror de un Estado que los convirtió que los buscó para "cazarlos" como si se tratara de animales. 

A renglón seguido, con la expresión “le mataron mucha gente” pretende borrar cualquier responsabilidad penal y política de los agentes estatales y no estatales que de manera coordinada perpetraron los crímenes. Se puede matar sin querer a otra persona, en un accidente, por ejemplo.

Si hay algo que a la señora Cabal y al propio expresidente Uribe les molesta es que el país conozca la verdad en relación con las dinámicas del conflicto armado interno y los hechos del Palacio de Justicia, los falsos positivos y el exterminio de la UP. Por ello siempre se opusieron al tratado de paz de La Habana y a la operación de la JEP. Su actitud negacionista se explica porque creen ciegamente en aquella doctrina de la “violencia legítima del Estado”, pues la convirtieron entre 2002 y 2010 en la patente de corso para perseguir y estigmatizar a periodistas y a otros que se atrevieron a cuestionar sus decisiones.

 



[1] “En la mañana del lunes 30 de enero de 2023, tras casi tres décadas de espera, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), en un fallo histórico, condenó al Estado colombiano por el exterminio de la Unión Patriótica por las múltiples violaciones a los Derechos Humanos, entre ellos, los derechos políticos. La sentencia leída por el presidente de la Corte, juez Ricardo Pérez, señaló, entre otras cosas, que el Estado violó los derechos a la vida, honra, libertad de expresión, circulación y residencia, así como el derecho a conocer la verdad de lo que sucedió con el exterminio desatado en 1984 en contra de este partido político. La Corte también ordenó que, en un plazo no mayor a dos años, “el Estado debe iniciar, impulsar, reabrir y continuar, y concluir, en un plazo razonable y con la mayor diligencia, las investigaciones, con el fin de establecer la verdad de los hechos relativos a graves violaciones a los derechos humanos y determinar las responsabilidades penales que pudieran existir, y remover todos los obstáculos de facto y de jure que mantienen en la impunidad los hechos relacionados con este caso”. Tomado de https://corporacionreiniciar.org/caso-up/caso-up-sistema-interamericano/sentencia-de-la-corte-interamericana-de-derechos-humanos-sobre-el-caso-up/

 

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