Por Germán Ayala Osorio
La modernidad, como proyecto
humano, se enfrenta a diario con la historia de San Basilio de Palenque (SBP),
el primer pueblo libre de América. De dicho enfrentamiento surge una
resistencia endulzada por un turismo incipiente que explota los imaginarios colectivos
y los de los visitantes interesados en conocer de la voz de los hijos de Palenque,
algo de la vida de Benkos Biohó y, muy de lejos, la de Antonio Cervantes Kid
Pambelé, el boxeador de piel de ébano que enfrentó a puños a la pobreza y al hambre.
A ambas las venció con honores.
Mientras que Biohó enfrentó a
instituciones que validaron la esclavitud para alcanzar y ocupar un lugar en la
historia de un país sin memoria; Pambelé alcanzó la siempre efímera gloria del
reconocimiento social; Benkos es un referente de la libertad, de la resistencia
y la dignidad del pueblo afro; mientras que Pambelé terminó siendo víctima de la
propia arrogancia e ignorancia de este palenquero que asumió el dinero y la
fama como mecanismos para alcanzar reconocimiento sin dignidad y sin saber qué
es eso de la resistencia colectiva de los cimarrones.
A Pambelé lo recuerdan por sus
logros deportivos, la frase “es mejor ser rico que pobre”
y por haber gestionado el alcantarillado y la energía eléctrica para San
Basilio de Palenque, su pueblo natal; y a Benkos, por haber dejado impregnado de
dignidad los barcos cargados de negros esclavizados y los propios caminos de
los cimarrones. A Benkos lo mató la premodernidad; y a Pambelé, elementos
propios de la modernidad lo regresaron a la pobreza que había vencido a puñetazos.
La libertad y la dignidad que les
dejó Benkos y el orgullo atado a las hazañas deportivas de Antonio Cervantes
sobreviven a las prácticas de un proyecto modernizador hegemónico que se opone
a los deseos folcloristas y romantizados de los visitantes que llegan a San
Basilio de Palenque deseando ver y sentir la ancestralidad y el orgullo de un
pueblo negro que intenta sobrevivir contando la historia del líder que se
rebeló contra el yugo esclavista. Diagonal a la estatua de Benkos Biohó está la
sede de la iglesia católica, multinacional de la fe que legitimó y agenció la
esclavitud. En San Basilio de Palenque la guardia cimarrona funge como la
autoridad local, sin necesidad de policías. Esa iglesia, sobra.
Los chicos de la escuela saben
decir quién fue Benkos, pero quizás sus profesores no estén en la capacidad de
enseñarles el valor y significado de esa “cosa pequeñita que se llama
libertad”.
La vida en el primer pueblo libre
de América transcurre en medio de la agricultura, ganadería, un turismo precario
y una temperatura cercana a los 40 grados centígrados. Los turistas quedan a
merced de un sol que pone a prueba la resistencia física de quienes llegan a SBP
para viajar hacia el pasado de la mano de agentes culturales locales que, a
cambio de dinero, los acercan a la vida de un pueblo que gritó libertad para
hacerse libre.
A la llegada al pueblo, de la
nada apareció Dionisio, un hombre afro que ofreció contarnos la historia de SBP
a cambio de dinero. Saludó en palenquero, la lengua local que sobrevive porque
en una pared cualquiera aparecen vocablos que los turistas intentan memorizar creyendo
que de esa manera se insertan en la cultura palenquera y en la historia de
Benkos y los negros libertos.
Llamó la atención que Dionisio
desconocía la existencia del barco hospital Benkos Biohó lanzado por el
gobierno Petro a las aguas del Pacífico para atender a un pueblo negro víctima
histórica del racismo y el clasismo.
El vendedor de guamas, el que
ofrece contar la historia gratis o a cambio de dinero y las mujeres que bailan
a los turistas, sobreviven a una modernidad que usa la ancestralidad y la
dignidad para distraernos de la gran discusión: ¿De qué libertad estamos
hablando? De la que luchó Benkos y que le costó la vida; ¿O la que le permitió
a Pambelé desperdiciar en trago y mujeres la fortuna que se ganó a golpes?
¿O estamos hablando de la que se
opuso a la cruel esclavitud de los pueblos negros o a esa otra a la que alude
la filosofía y que nos obliga a ser libres y felices, mientras inventa todo
tipo de cadenas, igual de efectivas a los grilletes que le pusieron a Benkos?
El Viaje
Partí desde la Cali
segregacionista y racista rumbo a SBP el primer pueblo libre de América en los
tiempos de la esclavitud perpetúa de la que cantó Joe Arroyo. Fue un viaje al
pasado que incluyó el recuerdo de mi abuelo paterno a quien mis oídos adolescentes
le escucharon decir que El Cerrito “se estaba llenando de negros”.
“Papito” Alfonso no era precisamente un hombre caucásico. Su piel oscura lo
acercaba a la genética de Benkos y Pambelé, circunstancia que el abuelito no
asumía como realidad aceptable o posible.
Regreso a la Sultana del Valle,
la urbe que segregó a los negros, a pobres, indígenas y campesinos que llegaron
desplazados por múltiples formas de violencia. Cali seguirá usando el Petronio
Ávarez y la Feria de Cali para ocultar las prácticas racistas de sus élites y
las de cientos de caleños que admiran, aceptan y reconocen a los negros y
negras que bailan salsa, o se destacan en el fútbol y en el boxeo, mientras
duran las presentaciones. Una vez terminadas, vuelven la indiferencia, los
tratos crueles, los chistes racistas y el lenguaje que excluye.
Los más de mil kilómetros de
distancia que separan a los caleños del pueblo palenquero son suficientes para
comprender que las acciones y estrategias libertarias que implementó Benkos
sirvieron para que Palenque sea hoy el primer pueblo libre de América; pero
insuficientes para animar procesos educativos que nos lleven como sociedad a
proscribir el racismo y el clasismo. Algún día, ojalá, podamos gritar: “¡Colombia,
el primer país del mundo, libre de racismo!”

