Por Germán Ayala Osorio
A pocos meses de terminar el
gobierno de Gustavo Petro el escenario catastrofista que pintaron agentes políticos,
económicos y mediáticos el 7 de agosto de 2022 ya no se dio: el modelo económico no sufrió
modificaciones, no se acabó con la propiedad privada, no hubo expropiaciones y
mucho menos nacionalizaciones de la banca y jamás escaseó el adorado papel higiénico;
el dólar no llegó a los 10 mil pesos y no
nos convertimos en Venezuela o Cuba como espetaban a diario los advenedizos “expertos”
consultados por la prensa hegemónica; eso sí, el castrochavismo fue y sigue
siendo el fantasma con el que Uribe Vélez engañó- e intenta seguir haciéndolo-,
a cientos de miles de incautos, cenutrios e ignaros y que le sirvió, además, para
insistir en el ocultamiento de los sistemáticos desastres socio ambientales, la
naturalización del ethos mafioso, la privatización del Estado y la concentración
de la riqueza y el empobrecimiento de millones de colombianos que dejaron 30
años de neoliberalismo.
Ese escenario catastrofista fue
aupado por periodistas y empresas periodísticas que se convirtieron en actores políticos
que usaron el lenguaje periodístico y los espacios informativos para meter cizaña,
tergiversar decisiones gubernamentales, mentir descaradamente y generar estados
de opinión llenos de incertidumbre y miedo.
Por cuenta de decisiones
editoriales de medios como El Tiempo, El Espectador, El País de Cali, revista
Semana y El Heraldo; noticieros como RCN y Caracol y programas radiales como
Blu radio, La W y La FM, estas empresas periodísticas entraron en un proceso de
deslegitimación y conversión en actores políticos. Bajo esas circunstancias,
las bases éticas e incluso los manuales de periodismo entraron en un proceso erosivo
que no parece preocupar a las directivas y propietarios de dichas empresas
mediáticas. Y mucho menos a las facultades de periodismo que siguen graduando
comunicadores formados en pensamiento acrítico y en la defensa del statu quo.
No se advierte un mea culpa de
los periodistas, locutores y editores por haber actuado como bodegueros durante
casi cuatro años, impulsando una agenda política marcada por el afán de mentir,
generar miedo y apostarle a que al gobierno Petro le fuera mal para poder
justificar el regreso de una derecha que quedó expuesta ante la opinión pública
como la responsable de los más graves problemas del país.
Por supuesto que no habrá reflexión
interna y mucho menos una petición de perdón por parte de los periodistas que
actuaron de mala fe. Estos largos tres años fueron suficientes para consolidar un
quehacer periodístico alejado de la búsqueda de la verdad y de la responsabilidad
social de informar de manera veraz y oportuna. El daño político y periodístico
ya está hecho. No hay vuelta atrás.
Adenda: termina el gobierno
Petro entre luces y sombras: hubo avances en la entrega de tierra al campesinado
que el uribismo insistió en acabar; quedan rutas para la transición energética;
el ideario progresista caló en amplios sectores societales. Como destino
turístico, el País de la Belleza ganó un lugar en el mundo del ocio. Hubo
corrupción público-privada y esa es una mancha indeleble. En ese punto, el
cambio fue una quimera.
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