Por Germán Ayala Osorio
Por estos días el país mediático
y político y en particular el de las redes sociales- verdaderas trincheras
ideológicas- parece andar en “modo cómo afectar campañas
presidenciales”. Por cuenta de investigaciones periodísticas de la
revista Raya y el portal Vorágine los perfiles del candidato presidencial Abelardo
de la Espriella y el precandidato David Luna fueron expuestos públicamente por
asuntos que de muchas maneras enlodan la imagen de pulcritud, respeto y
decencia que los dos políticos de la derecha colombiana vienen proyectando.
Empecemos por el caso del abogado
conocido como “papucho” y quien espetó hace un tiempo que la “ética nada
tiene que ver con el derecho”. Dicen los periodistas de Vorágine, periodismo
contracorriente, que De la Espriella es “la figura pública más
agresiva contra la prensa en Colombia”. Se basan en cifras entregadas
por la FLIP que señalan que “entre 2008 y 2019, la Flip registró 109 casos
en los que el candidato presidencial era el denunciante por delitos de injuria
y calumnia. La organización ha alertado, en diferentes ocasiones, que el
“uso reiterado por parte de De La Espriella de herramientas legales, como
la tutela o demandas ordinarias, así como el uso excesivo del derecho de
petición, la solicitud de rectificación y denuncias ante las plataformas
digitales, configuran un abuso de los mecanismos constitucionales y judiciales
para intimidar y acallar a las y los periodistas”.
De acuerdo con lo señalado por la
FLIP y Vorágine, el candidato presidencial de la derecha y la ultraderecha usa
la justicia para amedrentar a los periodistas que lo incomodan con sus preguntas,
investigaciones e incluso quienes como Cecilia Orozco Tascón al llamarlo “filipichín”
fue objeto de una demanda que no prosperó por estar protegida por las libertades
de prensa y opinión.
De llegar a la Casa de Nariño,
Abelardo de la Espriella bien podría reeditar e incluso “superar” los tiempos aquellos
en los que el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez enfrentaba a los
periodistas incómodos con frases como “siguiente pregunta amigo”; o de manera
directa los descalificaba llamándolos “periodistas al servicio del terrorismo”
o “prensa mamerta al servicio del castrochavismo”.
Pasemos al caso de David Luna. La
revista Raya “revela interceptaciones telefónicas en las que se coordinaba
una operación para enviar cocaína a Australia en marzo de 2022. A la par, en
las llamadas uno de los hombres involucrados hablaba de que había comprado
votos para Cambio Radical y de una reunión que sostendría en pleno
carnaval de Barranquilla con el electo senador de ese partido, David Luna,
y con su suegro, Augusto García, quien le ayudó en la campaña al Congreso y
quien fue investigado por el escándalo de Odebrecht”.
Sin duda alguna, el caso de Luna
es muchísimo más grave que la actitud desafiante, intolerante y poco
democrática que de tiempo atrás asumió contra los periodistas que incomodan al
hoy candidato presidencial Abelardo de la Espriella. Ya veremos qué responde el
precandidato presidencial que hace parte de la Gran Consulta de la derecha
frente a lo revelado por la revista Raya. Luna es un manzanillo que se presenta como un faro moral capaz de iluminar a quienes como él, quieren "recuperar el país, a Colombia, enderezar el camino y evitar caer al precipicio".
Insisto en que en el actual
escenario electoral en Colombia se activó el “modo cómo afectar campañas
presidenciales” en el que las investigaciones periodísticas juegan desde
ya un papel clave para deslegitimar a candidatos presidenciales. Los trabajos
de Raya y Vorágine, entre otros medios alternativos, sirven para enfrentar las
acciones también periodísticas de medios hegemónicos y las bodegas uribizadas
que le vienen apostando a ensuciar la imagen de Iván Cepeda Castro, el candidato
presidencial del Pacto Histórico que lidera las encuestas.
El periodismo siempre fue y será una herramienta de control y depuración política, especialmente durante campañas proselitistas. Eso sí, lo realmente importante es que las denuncias, resultado de investigaciones periodísticas, estén soportadas en hechos fácticos incontrovertibles, por el bien del oficio.
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