Por Germán Ayala Osorio
Después del paso del primer gobierno
progresista en Colombia, con sus luces y sombras, y ante la proximidad de la
elección presidencial en Colombia, quizás resulte interesante imaginar el perfil
del próximo mandatario.
Aunque la idea de proponer este
perfil es que sirva para “unir” a los colombianos para que juntos, alrededor de
un consensuado proyecto de nación lleve al país a estadios de modernidad, se
necesitará de todas maneras de un profundo cambio cultural en todas las esferas
de la sociedad. Justamente, el talante del próximo mandatario estaría atado a su
interés y capacidad de liderar ese cambio que necesitamos para alcanzar un
desarrollo sostenible[1]
y un progreso colectivo que en algo o en mucho se parezca a las condiciones de
vida de países como Noruega y Dinamarca, entre otros.
Así las cosas, el próximo
presidente[2]
debería de insistir en consolidar las reformas sociales propuestas por el gobierno
saliente, como punto de partida para avanzar hacia el deseado cambio cultural.
Un cambio de esa naturaleza requiere abandonar cualquier práctica o discurso
que promueva el odio entre las clases sociales. Si le apostamos como sociedad a
proscribir el clasismo, el machismo, la misoginia, la homofobia, la transfobia,
el racismo, la aporofobia y el arribismo, estaremos dando el primer paso para
avanzar como sociedad civilizada capaz de afrontar los conflictos y transformarlos
en oportunidades de mejoramiento como seres humanos.
Se necesita de un presidente que asuma
el Estado como un actor responsable - no el único- para que con su legitimidad
e incluso con ejercicios de violencia simbólica y física si fuese necesario, asegure
que nadie, en lo consecutivo, viva en
condiciones de miseria y pobreza. No se trata de que todos sean ricos. No. Se
trata de que todos tengan las mismas oportunidades y condiciones para desarrollar
sus vidas. Que la disciplina, el trabajo y el ingenio sean las armas para competir,
en lugar de las palancas políticas, al amiguismo, la pertenencia a clanes
políticos o el clientelismo.
Para lograr lo anterior, el próximo
presidente debe apostar a desprivatizar el Estado. No se trata de cambiar de contratistas-mecenas
que aportan millonarias sumas de dineros a la campaña a cambio de recibir el
doble o hasta el triple de lo invertido. Un gobierno que haga operar el Estado
bajo ese ethos mafioso jamás logrará meter al país en el camino de la
modernidad.
Un presidente egocéntrico siempre terminará escuchando solo a los aduladores de oficio y despreciando a sus críticos. La vida es corta y el poder relativo y efímero. Cuando el poder presidencial es adornado con las lisonjas lanzadas desde específicos sectores societales pierde el sentido de lo colectivo. Entonces, no se gobierna para todos, así sea insista en que representa al pueblo que lo eligió. Ese asunto del "triunfo de las mayorías" alude a una idea caduca y reducida de democracia.
Si Usted amigo lector llegó hasta este punto, espero que haya llegado a la conclusión de que ninguno de los candidatos y precandidatos presidenciales se acercaría al talante que entre líneas y de manera explícita aquí se propone. Y es así porque seguimos enfrascados en la idea de vencer, derrotar, destripar y aplastar al contradictor político. Ninguno le ha planteado al Establecimiento y al resto de la sociedad hacer una pausa para reconocer que el ethos mafioso es ya una tara civilizatoria que debemos superar cuanto antes. Todos andan metidos en una carrera frenética por llegar al Solio de Bolívar para gobernar bajo las mismas condiciones que impiden hacerlo con eficacia, efectividad y eficiencia.
No es a través de asambleas constituyentes,
ni de discusiones políticas en el Congreso y mucho menos con violentas manifestaciones
callejeras que lograremos proscribir ese ethos mafioso. A lo mejor la salida es
más sencilla. No es apelando al discurso patriotero que lo vamos a lograr. Como tampoco con posturas tibias y medrosas propias de un político calculador. Pongámonos de acuerdo en lo fundamental: necesitamos deponer
intereses de clase y odios para sacar adelante al país.
[1]
De carácter sistémico, que no priorice e imponga la
variable económica y que incluya variables o asuntos como la cultura, la
ecología, la ecología política y factores socioambientales.
[2] Hablo de presidente (hombre), porque aún estamos lejos
de que una mujer por primera vez gobierne a Colombia. Estoy seguro de que siempre
existieron y existen hoy mujeres capaces de gobernar este complejo país. Pero el modelo
patriarcal, el machismo y los miedos de los hombres poderosos de ceder el poder
no permitieron la llegada de una mujer a la Casa de Nariño.
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