Por Germán Ayala Osorio
Los restos de Camilo Torres
Restrepo, el sociólogo, el cura guerrillero y autor del libro El Amor Eficaz
fueron encontrados por la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por
Desaparecidas (UBPD). El hallazgo del precursor de la Teología de la Liberación
coincide con el final del gobierno de Gustavo Petro, exguerrillero del M-19 y defensor
de las ideas de Torres Restrepo, así como férreo crítico del ELN, guerrilla a
la que ingresó el sacerdote bajo el alias de “Argemiro” y murió en su primer
combate.
Las críticas de Petro hacia la
dirigencia de los Elenos se explican, justamente, por haber abandonado las
ideas del sociólogo y sacerdote. La reivindicación de la vida de los pobres y
marginados por la que luchó Camilo Torres desde el púlpito no se compagina con
las actividades terroristas desarrolladas por el ELN, los “paros armados” y el
proceso de “traquetización” que, según Petro, vienen sufriendo por cuenta de la
dedicación al narcotráfico y la minería ilegal.
Con la confirmación de la
identidad de los despojos mortales nace la posibilidad para que el país recupere
su memoria, ideas y aportes académicos y humanísticos. Para lograrlo, quienes
decidan asumir esa tarea de deconstrucción de la imagen de Torres deberán dar
una lucha política y discursiva (representacional) que permita erosionar el
reduccionista imaginario colectivo (periodístico) expresado en la frase Camilo
Torres, el cura guerrillero.
El “reencuentro” se da una coyuntura
política y electoral compleja en la que el fracaso de la Paz Total del gobierno
Petro obliga a repensar la paz misma y hasta el símbolo atado a la imagen de
una paloma. Quizás funcione la idea de fusionar la paloma y la figura de Camilo
Torres Restrepo para dar vida a un nuevo símbolo para la paz en el que confluyan
la tradición judeocristiana, lo antropológico y la fe católica. Se trataría de
una paz representada en un ser híbrido, como el Minotauro, que acerque a los
colombianos creyentes a la comprensión de las incertidumbres de millones de
hombres y mujeres que sobreviven en condiciones de precariedad económica, mientras
que aquellos que los invisibilizan y hasta odian, apenas si pueden ocultar la estrechez
mental y espiritual que los alienta a despreciar la existencia de seres humanos menesterosos
y frágiles.
Eso sí, en estos tiempos en los
que, por cuenta de curas, empresarios, profesores, políticos, presidentes en
ejercicio y expresidentes pederastas el mundo masculino es confrontado ética y
moralmente, el carácter híbrido de ese nuevo símbolo de la paz tendrá que,
inexorablemente, llevar el espíritu femenino.
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