Por Germán Ayala Osorio
El periodismo siempre fue y será
un arma política. Y las empresas mediáticas, en particular las que pertenecen a
conglomerados económicos fungen como actores políticos, agentes al servicio de
la cultura dominante y defensores de oficio del Establecimiento.
El ejercicio periodístico en la actual
coyuntura electoral expone por los menos dos maneras de asumir el “oficio
más bello del mundo”, según García Márquez: desde las huestes de la prensa
hegemónica, tergiversar y mentir son actividades corrientes conducentes con las
que se busca golpear, en este caso, al gobierno Petro con el claro propósito de
evitar la continuidad del proyecto progresista. Lo vienen haciendo desde el 7
de agosto de 2022.
Y desde las mesnadas de los
medios alternativos (portales y medios digitales) las actividades periodísticas
están pensadas para defender el gobierno Petro, desmentir a los colegas
periodistas de la prensa tradicional y por supuesto afectar la imagen de los candidatos
de la derecha que se presentan como faros morales. Por estos días, el candidato
presidencial Abelardo de la Espriella parece haber sido declarado “objetivo
periodístico” de los medios alternativos y de periodistas “anti uribistas” como
Daniel Coronell, Ana Bejarano y Julián Martínez. Este último, en su canal de Youtube
se refiere a unas “chuzadas
ilegales” que habría ordenado el abogado Abelardo de la Espriella.
Se suman a los tres señalados
periodistas, el medio Vorágine, portal digital que esculcó el pasado de
Abelardo de la Espriella y encontró “que el candidato adquirió un
predio sobre un título minero que perteneció al ‘Comandante Barbie’. La
propiedad colinda con fincas del mismo narco condenado, vinculadas a
procesos de extinción, despojo y una de ellas fue base paramilitar”.
La Nueva Prensa también se sumó a
la tarea de desnudar el talante ético-político de Abelardo de la Espriella,
abogado que de manera jactanciosa afirmó que la “ética no tiene que ver con el
derecho”. La Nueva Prensa publicó en su cuenta de X que “en 2012,
Abelardo de la Espriella presentó ante la Corte Suprema de Colombia un
documento con firmas falsificadas de altas autoridades de Ecuador, incluido el presidente,
para simular el retiro de un pedido de extradición y lograr la libertad del
narcotraficante Andrés Prada Caicedo. Aunque la Corte ordenó a la
Fiscalía investigar a de la Espriella, el caso permanece en la impunidad”.
Entre tanto, la revista Semana,
en manos de la familia Gilinski, publica un escandaloso informe en el que se
consignan gastos millonarios de la primera dama, Verónica Alcocer. Esto dice la publicación hebdomadaria, en el
pasado, considerada como la mejor revista del país: “Un mes después de la
posesión de Gustavo Petro como presidente de la República, se empezaron a
entregar una serie de contratos que, a la fecha, suman casi 23.000
millones de pesos para servicios relacionados con la producción y
transmisión de productos audiovisuales del Departamento Administrativo de la
Presidencia, y que incluyen maquillador y fotógrafo, según las denuncias, a
órdenes de la entonces primera dama y en viajes internacionales”. Aunque la
presidencia desmiente los hechos e incluso desde la Casa de Nariño se solicitó a
Semana que rectificara, lo cierto es que de lado y lado hay declarados “objetivos
periodísticos” que confirman la naturaleza política de los medios, sean estos
tradicionales, hegemónicos o alternativos.
Así las cosas, y quizás como
nunca se había advertido en Colombia el ejercicio del periodismo dejó de ser
uno solo en términos de la eticidad del oficio. Ahora mismo y por cuenta de las
elecciones al Congreso, las consultas interpartidistas, la elección
presidencial, la crispación política e ideológica y la irrupción de las redes
sociales, el cumplimiento de las “normas” para garantizar el derecho a estar
informado de manera veraz y oportuna se volvió relativo.
Medios como Semana, El Tiempo, Blu radio y La FM, entre otros, hacen oposición política al gobierno Petro y enmascaran esa toma de partido como libertad de prensa y de opinión. La crisis de legitimidad del "oficio más bello del mundo" ejercido por la prensa hegemónica es evidente.
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