Por Germán Ayala Osorio
Los medios de comunicación son
actores político-culturales dispuestos para legitimar y promover los valores y
prácticas de la cultura dominante, atada, por supuesto a los ejercicios de
poder de los miembros de la élite que suelen ser determinantes en la toma de decisiones
políticas y económicas.
Para el caso colombiano, la prensa
hegemónica defiende los valores de una sociedad católica, conservadora, premoderna,
machista y patriarcal, lo que supone la defensa de la imagen de los hombres poderosos
y sobresalientes en la vida económica, social y política acostumbrados a hacer
lo que les viene en gana.
Cuando se trata de defender la
imagen de expresidentes de la República, la prensa tradicional pro-establecimiento
apela a la autocensura para evitar afectar la imagen de exmandatarios que
resulten cuestionados moral y éticamente por hechos de corrupción, violencia
política e incluso violencia sexual, en particular con menores de edad (niñas,
niños y adolescentes).
También suelen apelar al uso de
eufemismos con el objetivo de minimizar los efectos negativos en la imagen de
los exjefes de Estado comprometidos en escándalos. Por estos días, y en virtud
de la desclasificación de archivos del caso Jeffrey Epstein, que ensucia al
presidente Donald Trump, varios medios hablan de “relaciones sexuales con menores”.
De esa manera ocultan una realidad y un delito: se trata de violaciones, de relaciones
no consentidas con adolescentes.
El poder político y económico,
sumado al reconocimiento social, suele ser la mascarada en la que se esconden
verdaderos predadores sexuales. El caso de la isla de Jeffrey Epstein que por
estos días la justicia gringa viene desclasificando correos y llamadas en las
que están involucrados presidentes de varios países, primeros ministros y
agentes de la realeza europea es la constatación de que el dinero y el poder
político son la patente de corso para que hombres como Donald Trump hayan violado
a adolescentes reclutadas para satisfacer los deseos de hombres mayores que prefieren
someter a menores de edad, que intentar sostener relaciones consentidas con
mujeres adultas.
En el señalado caso de pedofilia
y pederastia aparece el nombre del expresidente Andrés Pastrana Arango en
varios de los documentos desclasificados. La prensa hegemónica colombiana
parece haberse puesto de acuerdo para evitar exponer al expresidente
conservador. El hijo de Misael Pastrana aparece en varios correos y en registros
de vuelos a la isla del violador de niñas, Jeffrey Epstein.
Desde la lógica
periodística-noticiosa las empresas mediáticas estarían obligadas a consultar
al expresidente para que dé las explicaciones a las que haya lugar acerca de sus
relaciones con el degenerado Jeffrey Epstein y la probada amistad con la proxeneta
Ghislaine Maxwell, que Pastrana invitó al país. En su visita a Colombia, la alcahueta
y encubridora de delitos sexuales con menores piloteó un helicóptero artillado
y de acuerdo con los documentos desclasificados, habría disparado contra “terroristas”.
Cuidar la imagen de hombres
poderosos, como expresidentes de la República, hace parte de las tareas que la
prensa pro-establecimiento debe cumplir, lo que implica ocultar o guardar
silencio frente a revelaciones que ponen en duda la probidad de los exmandatarios.
A Pastrana, las empresas mediáticas parecen estarle cuidando la espalda. Un
caso parecido ocurrió cuando la periodista Claudia Morales denunció, a través
de una columna de opinión, que fue violada por un hombre poderoso, al parecer
un expresidente de la República. En su relato, Morales entregó pistas que hacen
pensar que el asqueroso que la violó fue jefe del Estado: la periodista dijo
que no denunció en su momento para no poner en riesgo la carrera militar de su
padre. Además, le dijo al país que “lo oyen y lo ven todos los días”.
Aunque Morales no volvió a
referirse al asunto, es probable que la “relevancia y la peligrosidad” asociada
al violador sigan presentes. Las sospechas que recayeron sobre varios de sus
jefes permitieron a cientos de miles de colombianos entrar en el juego de las
especulaciones. Quizás cuando muera su victimario, Claudia Morales decida
revelar su identidad. Eso sí, no importa si el país logra confirmar que
efectivamente el maldito violador es el poderoso político que millones de
colombianos creen que fue el que la violó. La cultura dominante buscará las
maneras de disculparlo por ser Hombre y por no haber sido capaz de controlar su
excitación.
Los agentes legitimadores, entre
ellos los medios de comunicación hegemónicos, sabrán decir que ese Hombre fue
“provocado” por Claudia Morales. De lo que sí estoy seguro es que la
“relevancia y peligrosidad” del violador de la periodista dice mucho de lo que
somos como colectivo. Si realmente fuéramos solidarios con Morales, con otras
tantas de las mujeres violadas en Colombia, y por supuesto con las niñas y adolescentes
sometidas en la isla de Jeffrey Epstein, todos los días se estarían
escribiendo columnas de opinión o grafitis preguntando por qué el expresidente
Pastrana era amigo de la proxeneta Ghislaine Maxwell y del predador sexual,
Jeffrey Epstein; así como la identidad del maldito, protervo, perverso, sucio,
asqueroso, repulsivo, repugnante, inmundo, siniestro y malévolo personaje que violó
a la periodista Claudia Morales.
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