Por Germán Ayala Osorio
En medio del pugnaz enfrentamiento
político entre el presidente Petro y los ocho congresistas de la Comisión VII
del Senado que hundieron el proyecto de reforma laboral, en las redes sociales circulan
las hojas de vida de varios de esos legisladores ya elevados por los petristas a
la condición de “enemigos del pueblo”.
De Josue Alirio Barrera Rodríguez
circulan datos que lo hacen “indigno” de estar en el Congreso por sus escasos
estudios académicos- no terminó el bachillerato-. Es caballista y domador de
bestias y campeón de coleo. Ya en el pasado el también congresista del Centro
Democrático, Ernesto Macías había sido escaldado en las redes sociales por ser
apenas bachiller. Quienes los descalifican por la escasa formación académica
parten de la idea- errónea por demás- de que pasar por la universidad y obtener
títulos de maestría y doctorados son sinónimos de inteligencia y capacidad para
discernir sobre asuntos complejos. Y no es así.
Eso sí, las burlas y cuestionamientos
abren la posibilidad de examinar el perfil ideal para aspirar a ser congresista.
La constitución política de Colombia ordena que para “ser elegido senador se
requiere ser colombiano de nacimiento, ciudadano en ejercicio y tener más de
treinta años de edad a la fecha de la elección”; para el caso de los representantes
a la Cámara, ser colombiano y tener más de veinticinco años de edad en la fecha
de la elección” (Artículos 172 y 177). No es objeto de esta columna
cuestionar esos criterios consagrados en la Carta Política porque, al igual que
los estudios académicos, no garantizan que los congresistas legislen con
seriedad, rigor legal, consistencia política y sobre todo que representen los
intereses quienes ayudaron con los votos a elegirlos y por intermedio de estos defender
a los del pueblo en general. Todo en el marco de una idea de democracia que deja
de lado los intereses individuales de los candidatos a llegar al Congreso, pero
sobre todo, las apuestas ético-políticas de los partidos y del empresariado que
financian sus campañas para que defiendan sus intereses, casi siempre cargados
de mezquindad.
Que al Congreso de la República
lleguen personajes como Jota P Hernández, Miguel Polo Polo, Ernesto Macías y
Carlos Felipe Mejía, para nombrar a los más cuestionados en las redes sociales,
pone de presente, primero, las responsabilidades individuales de quienes creyeron
que tenían los méritos suficientes para llegar al Congreso a legislar por el bien
del país y por supuesto las que deben asumir los partidos políticos que les dan
los avales. El país político y mediático los reconoce como políticos poco
leídos y con una evidente incapacidad discursiva y una nula oratoria. Sus
discursos de odio y sus vociferantes intervenciones públicas dan cuenta de la
pobreza cultural que los acosa, característica muy común en millones de
colombianos que poco tiempo dedican a la lectura y a la formación en criterio,
incluso por fuera del sistema educativo.
Mejía, por ejemplo, fue caricaturizado
por Matador como un “perro rabioso” que, en lugar de dar discusiones técnicas y
políticas, terminaba descalificando a sus contradictores por el simple hecho de
ser de izquierda o progresista. Se hizo viral el enfrentamiento con Gustavo
Petro cuando este último fungía aún como senador de la República. Recordemos apartes
de ese encontronazo:
Carlos Fernando Mejía: “Jamás
ha salido este senador con una amenaza para nadie. Aquí son los violentos, los
que, como el senador Petro, salen a decir que se acabe la violencia e
invitan a los jóvenes colombianos a incendiar la patria. Usted es el que sobra,
aquí, senador Petro, usted es el que sobra en este Congreso”.
Gustavo Petro: “usted cree que
aquí solo deben estar los que piensan como usted, y ese piensan lo
pondría entre comillas. Cree que solo se tiene que uniformar la
sociedad y encuadrarla, incluso, de manera militar para decir que aquellos
encuadrados son la sociedad de bien y que los demás no lo somos. Los que
excluyen han provocado que millones de personas salgan a las calles, pues
llegó la hora de reformas democráticas y la respuesta del Gobierno ha sido no
escuchar, taparse las orejas, hacer como el avestruz, decir que sobran y mandar
las armas del Estado para contenerlos. El día que nosotros seamos
Gobierno no le diremos a usted, ni a los que son como usted, que sobran, les
tenderemos la mano. Lo necesitamos igual de vociferante, pero ojalá más
leído”.
También fue viral el
enfrentamiento entre Mejía y el senador Benedetti. Este último le dijo lo
siguiente al agrónomo con Maestría en Gobierno y Gestión Pública, Carlos
Fernando Mejía: “Quiero decirle algo, que hay un consenso entre los 100
senadores, 108, hasta de su partido, de que usted es el tipo más bruto de este
Congreso de la República (...) No se ha leído un libro, habla todo el día
huevonadas, cosas tontas, que castrochavismo, se murió Chaves y Castro y usted
sigue hablando de esa huevonada…”
Así las cosas, la pobreza lexical
y discursiva, la falta de oratoria y la incapacidad para articular discursos
medianamente inteligentes de Barrera, Mejía, Macías, Polo Polo y Jota P Hernández
hablan mal de quienes avalaron y financiaron sus campañas hacia el Congreso con
el único propósito de cumplir órdenes y de seguir al pie de la letra las
instrucciones de bancada: torpedear las discusiones, levantar el quorum,
descalificar a sus adversarios y legislar en contra de las grandes mayorías. Ellos
son simples instrumentos de un régimen de poder cuyos mayores exponentes se
caracterizan por su enorme pobreza mental y cultural para liderar procesos civilizatorios
que lleven al país a estadios de modernidad.
Quizás sea posible aplicar a los
políticos y a la política, en particular a quienes aspiran a convertirse en
congresistas, lo que dijo Kapuscinski de los periodistas: 'Para ser buen
periodista hay que ser buena persona'. O a lo mejor, las decisiones adoptadas por los congresistas de la Comisión Séptima que hundieron la reforma laboral, exigida por la OCDE y la OIT, oscilen entre lo fenotípico y lo genotípico. Recordemos lo que exclamó el presidente Petro: “Maldito el parlamentario que destruye la prosperidad de su propio pueblo”.
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